Los días siguientes fueron un borrón de soluciones salinas, cambios de vendaje, dosis de morfina y rondas de observación que Marcel hacía cada cuatro horas. La mujer sin nombre no despertaba. Su cerebro había sufrido el impacto del traumatismo craneal, y aunque la evaluación clínica descartaba un hundimiento óseo o hemorragias masivas, el edema cerebral mantenía su estado neurológico en vilo. Marcel le administró manitol, elevó la cabecera de la camilla treinta grados, y esperó.
Diez días después, en la madrugada del 24 de marzo, la mujer abrió los ojos.
Marcel estaba revisando sus vendajes cuando ocurrió. Los párpados se abrieron lentamente y las pupilas se contrajeron bajo la luz de la lámpara del pasillo que se filtraba por la puerta del postoperatorio. Los ojos eran color miel, con motas doradas cerca del iris que solo se veían bajo una luz directa. Miraron el techo de chapa primero, luego giraron hacia la izquierda y encontraron la cara de Marcel.
- “¿Cómo se llama?”, preguntó él en inglés, porque era el idioma que más pacientes usaban en aquella región de Maharashtra.
La mujer abrió la boca. La cerró. La abrió de nuevo. Sus labios estaban agrietados, y la lengua se movió contra el paladar como si buscara palabras que se le escapaban entre los pliegues de la mucosa. Finalmente, habló.
- “Non lo so”, dijo en italiano.
Marcel cambió de idioma sin pestañear. El portugués era su lengua nativa, el italiano la había aprendido durante un intercambio en Milán en el segundo año de residencia, cuando un cirujano llamado Gianluca Persico le había enseñado que la reconstructiva facial no era solo ciencia sino arquitectura.
- “¿Recuerda algo? ¿Un nombre, un lugar, alguien que la esté buscando?”, preguntó Marcel.
- “No”, respondió la mujer, mirándolo a los ojos.
Marcel vio en esa mirada algo que no era miedo ni desesperación, era la calma de quien se encuentra en una habitación vacía y empieza a recorrer las paredes buscando una puerta.
- “¿Sabe dónde está?”, preguntó Marcel.
- “No”, respondió ella.
- “¿Sabe qué año es?”, insistió Marcel.
La mujer giró la cabeza, lentamente, porque el cuello estaba vendado y cada movimiento tiraba de las suturas y miró por la ventana que daba al patio del neem.
- “No”, dijo, esta vez en portugués, con un acento que no era brasileño sino europeo, del tipo que se aprende en escuelas de Lisboa o en familias que conservan la lengua como herencia. “No sé nada”.
Marcel le tomó la mano izquierda, la que tenía las fracturas ya inmovilizadas con férulas de aluminio, y le preguntó si sentía dolor. Ella asintió. Él le administró tramadol por vía intravenosa y esperó a que el fármaco hiciera efecto antes de continuar.
- “Usted estuvo en un incendio", le explicó Marcel con voz pausada. "Sufrió quemaduras y un golpe en la cabeza. La operamos hace diez días. Está en una clínica en Maharashtra, en la India. Yo soy el doctor Batista. ¿Me entiende?”.
- “Sí”, dijo ella, en inglés otra vez. “Entiendo”.
- “¿Habla otros idiomas?”, consultó Marcel.
- “Italiano, portugués, inglés. (Hizo una pausa, como si estuviera revisando los estantes de una biblioteca que alguien hubiera desordenado) Creo que también algo de francés y alemán. Pero no sé dónde lo aprendí”, respondió la mujer.
Marcel anotó todo en la historia clínica. Paciente no identificada. Mujer, aproximadamente veintitrés a veinticinco años. Amnesia retrógrada completa, políglota, sin documentos, sin huellas dactilares utilizables, sin familiares que la reclamaran.
La pulsera de oro con la inscripción en italiano descansaba en la caja fuerte de la oficina de Vanderlei, y Marcel la había examinado tres veces sin encontrar una pista que condujera a su propietaria. La inscripción decía «Per la mia, E», pero en la India había cientos de mujeres cuyo nombre empezara con E, y sin un apellido o un contexto, la pulsera era solo oro con letras.