La recuperación fue lenta. Las semana empezaron a medirse en cambios de vendaje y en las sesiones de fisioterapia que él mismo dirigía, porque la clínica no tenía un especialista, masajeaba las manos de la mujer para evitar que los tendones se anclaran en el tejido cicatricial, le enseñaba a flexionar los dedos fracturados aunque cada movimiento le arrancaba una mueca que ella se negaba a convertir en quejido, y la observaba cuando creía que nadie lo hacía.
La mujer, a la que el personal de la clínica había empezado a llamar «la italiana», porque hablaba ese idioma con la cadencia de quien lo ha usado desde la cuna, tenía una disciplina que Marcel no había visto en ningún paciente. Hacía los ejercicios que él le prescribía sin saltarse uno. No pedía más analgésicos de los que le correspondían. Cuando el dolor le impedía dormir, se sentaba en la cama con la espalda recta y miraba por la ventana hasta que el amanecer teñía el patio de naranja.
Una noche, Marcel la encontró leyendo un ejemplar de El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl que alguien había dejado en la sala de espera. Lo leía en inglés, sin diccionario, y subrayaba pasajes con un lápiz que sostenía entre los dedos vendados con una torpeza que no le impedía trazar líneas rectas.
- “¿Le gusta?”, preguntó Marcel, sentándose en la silla de aluminio.
- “No lo sé todavía”, respondió ella sin levantar la vista. “Pero necesito leer algo. Necesito pensar en algo que no sea mi propio cuerpo”.
Marcel no dijo nada durante un rato.
- “Necesitamos llamarla de alguna manera”, dijo él. “La italiana no es un nombre”.
- “No tengo uno”, expresó la mujer.
- “Pues habrá que buscarlo. (Sacó un papel del bolsillo de la bata, donde había escrito una lista durante la cena) Elena, Sofía, Valentina, Lucía, Marina, Eliza”, dijo Marcel.
La mujer levantó la vista del libro. Miró el papel, luego miró a Marcel.
- “Eliza”, dijo la mujer.
- “¿Por qué ese?”, cuestionó Marcel.
- “No lo sé. Suena como algo que ya conocía. Como una palabra que he dicho antes”, respondió la mujer.
Marcel escribió «Eliza» en la historia clínica, en el espacio reservado para el nombre del paciente, y cerró el expediente.
No sabía que estaba escribiendo una abreviatura del nombre real de una mujer que, a miles de kilómetros de allí, estaba siendo suplantada por otra que llevaba su rostro, sus documentos y su vida. No sabía que en una mansión de la costa amalfitana, la familia D’Angelo estaba recibiendo a una joven que se presentaba como Elizabeth y que tenía la misma cara, las mismas medidas, el mismo tono de voz, porque Thiago Solorzano había sido meticuloso en su selección, y que esa mujer, Diana Azores, estaba ejecutando punto por punto un guión escrito por Thiago para ganarse la confianza de los D’Angelo y abrirle las puertas a un hombre que había decidido que Elizabeth le pertenecía aunque ella lo hubiera rechazado.
Marcel no sabía nada de eso. Solo sabía que tenía una paciente llamada Eliza, que le esperaban ocho meses de rehabilitación por delante, y que él era el único cirujano disponible para llevarla a cabo.
Los meses pasaron con lentitud. Marcel reconstruyó el rostro de Eliza en cuatro cirugías sucesivas. La primera fue el injerto de cartílago; la segunda fue el refinamiento del contorno facial usando técnica de colgajos perforantes; la tercera fue una dermoabrasión para suavizar las zonas de transición entre la piel injertada y la piel original; y la cuarta fue una corrección del párpado izquierdo, que había quedado ligeramente retraído por la retracción cicatricial.
Después de cada cirugía, Eliza se miraba en un espejo de mano que Neha le había regalado, y Marcel observaba su reacción desde la puerta del postoperatorio. Ella no lloraba, ni se apartaba. Tocaba la zona reconstruida con las yemas de los dedos, que todavía tenían la sensibilidad alterada por las quemaduras y movía los labios como si estuviera hablando consigo misma en un idioma que no necesitaba palabras.
El cuello y el hombro quedaron como Marcel había previsto, una zona de piel irregular, rojiza, con un patrón de cicatriz hipertrófica que ni la presión de las mascarillas de silicona ni los injertos complementarios lograron borrar por completo. Cuando Eliza llevó la mano al cuello por primera vez y sintió la textura bajo los dedos, se quedó inmóvil. Luego se ajustó el cuello de la blusa de algodón que Neha le había dado, cubrió la zona, y no volvió a tocarla en presencia de Marcel.