Un atardecer, cuando Eliza ya podía caminar por el patio y se sentaba bajo el neem a leer, la abuela Concepción bajó de su habitación del segundo piso, se sentó a su lado y le tomó la mano. La anciana tenía una memoria que funcionaba como un archivo de cartón todo estaba guardado, doblado, ordenado por fecha, y ella podía sacar cualquier documento en cualquier momento.
- “Tú te sientas como mi hermana”, le dijo a Eliza en portugués. “Adelina se sentaba así, con el libro en el regazo y la espalda como un palo. Adelina también tenía las manos lastimadas, pero las suyas eran por la costura, no por el fuego. Trabajaba en una fábrica de camisas en Goiânia, y las agujas le dejaban marcas en los dedos. Cuando el fuego la encontró en aquel taller de São Paulo, yo tenía diecinueve años y ella veintidós. No pude ir al funeral, mi madre dijo que era demasiado lejos y que los muertos no necesitan compañía”.
Eliza escuchó sin interrumpir. La mano de la anciana estaba seca y cálida sobre la suya, y los dedos, nudosos por la artritis, apretaban con una fuerza que no correspondía a un cuerpo tan frágil.
- “Tú te quedas”, dijo Concepción, y no era una pregunta.
Marcel, que había escuchado la conversación desde la puerta del consultorio, no dijo nada. Pero esa noche, cuando subió a su habitación del segundo piso, se sentó en la cama militar y se quedó mirando la mosquitera que colgaba del techo. Pensó en Larissa Maggi, que lo esperaba en São Paulo con un anillo de compromiso que su padre había elegido y su madre había aprobado.
Pensó en la boda que se celebraría en diciembre, en la iglesia de la Consolata, con un banquete para trescientos invitados y un viaje de novios a Maldivas que ya estaba reservado. Pensó en todo eso y luego pensó en Eliza, en la manera en que ella sostenía el libro con las manos vendadas, en la línea recta de su espalda, en el color miel de sus ojos cuando la lámpara del patio los iluminaba. Se quedó dormido con la ropa puesta, con un último pensamiento en la mujer sin identidad.
A los ocho meses, Eliza caminaba sin ayuda, hablaba tres idiomas con la fluidez de quien los ha usado toda la vida, y había recuperado la movilidad casi completa de los dedos, aunque las yemas seguían lisas, sin las crestas papilares que la policía de cualquier país usaría para identificarla. Marcel le había enseñado a leer su propio historial médico, y ella lo había estudiado con minuciosidad.
- “No puedo quedarme aquí para siempre”, dijo Eliza una mañana, mientras desayunaban en el patio. “Pero tampoco puedo irme a ningún sitio”.
- “Tiene opciones”, dijo Marcel. “Hay organizaciones que ayudan a personas sin identificación. Podría…”
- “No… No quiero que me busquen. Si alguien me hubiera buscado durante todos estos largos meses, ya habría venido. Si nadie viene, es porque nadie me busca... o porque quien me busca no quiere encontrarme”, expresó Eliza.
Marcel no respondió. Sabía que era muy probable que ella tuviera razón.
Tres semanas después, llegó el mensaje desde Brasil. Era de su padre. La fecha de la boda con Larissa Maggi había sido fijada para el 12 de diciembre. Se esperaba su presencia en São Paulo con un mes de antelación para los preparativos. El mensaje terminaba con una línea tajante: «La familia Maggi ya ha confirmado. No nos falles.»
Tres noches más tarde, cuando Eliza estaba sentada bajo el neem leyendo un libro de poemas de Pessoa que Neha había traído de un viaje a Bombay, se sentó a su lado.
- “Tengo que irme”, dijo Marcel.
Ella no levantó la vista del libro. Pasó una página, y luego otra, y Marcel vio que sus ojos no se movían sobre el texto sino que permanecían fijos en un punto que no era la página sino el vacío entre las palabras.
- “¿Volverá?”, preguntó ella.
- “No lo sé”, respondió Marcel.
Eliza cerró el libro. Lo puso sobre la mesa de hierro del patio, al lado del vaso de agua que siempre bebía sin hielo, y lo miró. La luz de la lámpara del patio le caía sobre el lado derecho del rostro, el lado que Marcel había usado como base para reconstruir el otro y la sombra le cubría el lado izquierdo, donde la cicatriz del cuello bajaba hasta el hombro.
- “Gracias, doctor Batista”, dijo Eliza. Y luego, en italiano, con una voz que no era la de la paciente sino la de alguien que está dejando algo irremplazable en manos de un extraño. “Per tutto”.
Marcel se fue de la India un jueves, con la misma maleta con la que había llegado y una carpeta de cuero que contenía el historial médico completo de Eliza, cuatrocientas doce páginas de notas, diagramas quirúrgicos, fotografías del progreso, y una lista de nombres que terminaba con uno solo subrayado a lápiz.
En el avión, mientras Bombay se encojía bajo la ventanilla hasta convertirse en una mancha marrón sobre el azul del océano Índico, abrió la carpeta y leyó la primera página. «Paciente no identificada. Mujer. Aproximadamente 23 años. Ingresada el 14 de marzo.» Cerró la carpeta. Se la puso sobre las rodillas y se quedó mirando el respaldo del asiento de delante hasta que el auxiliar de vuelo le preguntó si quería algo de beber. Pidió un agua tónica, pero no llegó a probarla.