Amapolas

Capitulo 1

Cuando Poppies intentaba reconstruir los recuerdos de su infancia, siempre volvía al mismo lugar: una casa pequeña de paredes amarillas donde el sol parecía quedarse más tiempo que en cualquier otro sitio.

No sabía si aquel recuerdo era completamente suyo o si había sido construido con las historias que su madre le contó una y otra vez mientras crecía. La memoria tiene esa extraña costumbre de rellenar los vacíos con aquello que el corazón necesita conservar. Aun así, cada vez que cerraba los ojos podía ver aquella ventana abierta, las cortinas blancas moviéndose con la brisa de la tarde y el olor a café recién preparado mezclándose con el perfume del jabón con el que Tarcy fregaba el suelo cada mañana.

La casa no era grande. Tenía una sala donde apenas cabían un sofá de flores descoloridas, un televisor viejo que tardaba una eternidad en encender y una pequeña mesa de centro cuya esquina estaba cubierta con un protector de goma porque Poppies ya se había golpeado allí más de una vez. El comedor y la cocina compartían el mismo espacio, separados únicamente por un arco de cemento que Tarcy adornaba con una planta de hojas verdes que insistía en sobrevivir, incluso cuando ella olvidaba regarla.

El dormitorio de Poppies era el más pequeño de la casa, pero también el más alegre. Sobre una de las paredes había pegatinas de estrellas que brillaban en la oscuridad y que cada noche, antes de dormir, ella contaba una por una hasta quedarse dormida. En una esquina descansaba una caja azul llena de juguetes. No eran muchos, pero para una niña de cuatro años bastaban para inventar un mundo distinto cada tarde.

Había una muñeca de vestido rosa cuyo cabello había sido cortado por la propia Poppies una mañana en la que decidió convertirla en peluquera. También un oso de peluche color miel que tenía un ojo ligeramente torcido porque había sido cosido a mano por Tarcy después de que se desprendiera en un descuido. A Poppies le gustaba decir que aquel oso era especial porque podía mirar dos lugares al mismo tiempo. Nadie se atrevía a corregirla.

Aquella mañana, como tantas otras, estaba sentada sobre el suelo fresco de la sala intentando construir una casa con bloques de colores. Sacaba la lengua ligeramente hacia un lado cada vez que necesitaba concentrarse. Colocaba una pieza encima de otra con un cuidado exagerado para alguien tan pequeño y, cuando la torre terminaba por derrumbarse, soltaba un suspiro tan dramático que hacía reír a cualquiera que la estuviera observando.

—No pasa nada —se dijo a sí misma mientras recogía las piezas—. Esta sí va a quedar bonita.

No hablaba sola porque estuviera acostumbrada a la soledad. Lo hacía porque, para ella, todos sus juguetes tenían voz. La muñeca opinaba sobre el color de las paredes, el oso quería una cama más grande y los bloques, según Poppies, se caían porque todavía estaban aprendiendo a ser una casa de verdad.

Desde la cocina, Tarcy observó la escena sin interrumpirla. Tenía las manos cubiertas de harina y llevaba el cabello recogido en un moño que comenzaba a deshacerse por el calor. Sonrió para sí misma mientras seguía amasando el pan que preparaba cada sábado. No era una receta complicada; la había aprendido de su madre cuando apenas era una adolescente y, desde entonces, el aroma del pan recién horneado se había convertido en una especie de abrazo para ella.

Le gustaba pensar que una casa donde olía a pan nunca podía sentirse vacía.

—¿Con quién hablas ahora? —preguntó divertida.

Popies levantó la cabeza.

—Con Margarita.

—¿Y quién es Margarita?

La niña abrió mucho los ojos, sorprendida de que su madre hiciera una pregunta cuya respuesta le parecía evidente.

—Mi muñeca, mamá.

Tarcy fingió llevarse una mano al pecho.

—Perdóname, señorita Margarita. No quise olvidarme de usted.

Poppies soltó una carcajada que llenó la casa entera. Era una risa limpia, despreocupada, de esas que solo tienen los niños que todavía no conocen el peso de la tristeza.

Tarcy la contempló unos segundos más antes de volver a la cocina. A veces se preguntaba cuánto tiempo duraría aquella inocencia. Ojalá, pensaba, toda la vida. Ojalá pudiera protegerla siempre de las decepciones, de las palabras crueles y de las personas que llegan prometiendo quedarse para después marcharse sin mirar atrás.

Pero esos pensamientos desaparecían tan rápido como llegaban. No quería desperdiciar el presente imaginando desgracias futuras.

Tenía una buena vida.

No era una vida llena de lujos, pero era la vida que siempre había soñado.

Desde muy joven imaginó una casa sencilla donde nunca faltara el olor a comida caliente, un esposo que regresara del trabajo al final del día y unos hijos corriendo por los pasillos. Mientras muchas de sus amigas hablaban de viajar o de estudiar lejos, Tarcy encontraba felicidad en planes mucho más modestos. Quería construir un hogar. Uno de verdad. Un lugar al que siempre valiera la pena volver.

Y durante años creyó haberlo conseguido.

Se secó las manos con el delantal y miró el reloj redondo que colgaba sobre la pared. Faltaba poco para que su esposo llegara a almorzar. Como hacía todos los días, acomodó tres platos sobre la mesa y pasó la mano por el mantel para eliminar una arruga que solo ella parecía notar.

Era un gesto pequeño, casi insignificante, pero resumía bastante bien quién era Tarcy: una mujer que encontraba belleza en cuidar los detalles, convencida de que el amor también se demostraba dejando el vaso favorito de cada uno en su sitio o recordando cómo le gustaba el café a la persona que tenía enfrente.

En la sala, Poppies consiguió por fin terminar su pequeña construcción. Dio dos pasos hacia atrás para admirarla y sonrió con orgullo.

—¿Mamá?

—¿Sí, mi amor?

—Mira.

Tarcy salió de la cocina y se agachó junto a ella.

La casa estaba torcida. Una de las paredes era más alta que la otra y el techo apenas se sostenía sobre dos bloques amarillos.




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