Amar a Lucifer

Epílogo

Cinco años.

Cinco años desde que la oscuridad del Infierno presenció algo que jamás debió ser posible. Y sin embargo, aquí estoy, sentada en el trono de piedra negra, con un montón de pergaminos extendidos frente a mí, firmando pactos, rechazando alianzas, y corrigiendo la estupidez de señores menores que creen que pueden mover una uña sin que yo lo note.

La sala está en silencio. Solo el crujido de las plumas sobre el papel y el lejano eco de los pasos de los guardias. Me gusta este momento del día. Mi mente se vuelve nítida. Mi voluntad… afilada.

Pero la paz, en este castillo, nunca dura mucho.

Un estruendo. Gritos.

El sonido de una puerta rompiéndose.
Y luego los gritos de los guardias, mis guardias, resonando desde el pasillo.

—¡Deténganlo! ¡No puede entrar así!

—¡Por las llamas del Abismo, sujeten sus alas!

—¡Cuidado, viene volando!

Levanto la mirada, ya sabiendo quién es.

Y, efectivamente, en un torbellino de risas, fuego y alas desplegadas, entra él. Mi tormenta personal. Mi caos con ojos brillantes.
Luzbel.

—¡MA-MÁÁÁÁÁÁ! —grita, surcando el aire como una bala celestial teñida de sombra.

Antes de que pueda hacer algo, ya ha pasado por encima de la mesa, desparramando los documentos por toda la sala. El mapa de los Siete Círculos cae al suelo como una hoja cualquiera. Un tratado de guerra que me llevó tres meses negociar ahora flota a mis pies.

Y él aterriza directamente sobre mi regazo, las alas agitadas, el cabello hecho un desastre, los pies descalzos y con rastros de hollín.

Luzbel... —digo, sujetándolo por los hombros antes de que me arranque la capa o el alma—. Estoy ocupada.

Me mira.

Esos ojos... son los míos y no lo son. Son los de Lucifer, y tampoco. Son algo más. Ojos que aún no deciden a qué universo pertenecen. Pero ahora mismo están llenos de una sonrisa imposible de rechazar.

Lo sé, pero… —dice mientras se acomoda, sin pedir permiso—. Quiero estar contigo.

Y ya está. La sentencia.

Toda la realeza del Infierno, y yo me convierto en nada más que una madre con un pequeño demonio en las piernas que no entiende de jerarquías ni responsabilidades.

—No puedes irrumpir así cada vez que te aburres de aterrorizar al jardín.

—No me aburrí —responde, con aire inocente—. Solo lo quemé un poco. Y luego me extrañé. Mucho.

Me apoyo en el trono, soltando un suspiro que no sabría decir si es de exasperación… o de ternura.

Lo abrazo.

Porque sé lo que es no ser querida. Sé lo que es ser temida, adorada, usada. Pero él… él no quiere nada de eso. Solo quiere estar con su mamá.

Y aunque el Infierno y el cielo ardan más de lo normal hoy, pueden esperar.

Acaricio su cabello mientras él se acomoda, enredándose en mi capa como si fuera un cachorro infernal que se resiste a soltarme.

—¿Y qué tal si, en lugar de revolver mis documentos reales... vas a ver a tu padre? Está con las nuevas filas de soldados, entrenándolos en el tercer círculo. Podrías aprender algo... o desordenarles el campo de batalla, como te gusta.

Luzbel se separa de mi pecho con un brillo repentino en los ojos.

—¿De verdad? ¿Con papá? —Se le escapan las alas de emoción, agitándolas con torpeza, haciendo volar polvo y una vela del escritorio.

Asiento, y sonrío con un deje de diversión cansada.

—Pero prométeme que no lanzarás rayos esta vez, ¿sí? Ni quemarás nada, se que aún es difícil controlar tu poder pero tienes que prometer que te esforzaras.

—¡Prometido! Bueno… solo si no me provocan —agrega con una sonrisa torcida.

Chasqueo los dedos y la sombra en la esquina de la sala se mueve. Se retuerce con elegancia, y de ella emerge Renzo, mi legion, siempre fiel.

—Mi ama.

—Llévalo con Lucifer. Está en el campo de entrenamiento, en el tercer círculo. Quédate a distancia, pero no lo pierdas de vista. Si alguien lo toca con mala intención… ya sabes qué hacer.

Renzo sonríe. Esa sonrisa contenida, de alguien que disfruta demasiado de su trabajo.

—Con gusto, mi ama.

Luzbel ya está brincando fuera del trono, recogiendo su pequeña espada de entrenamiento —un regalo de su padre, que supuestamente era simbólica— y corriendo hacia Renzo con la emoción ardiéndole en la espalda.

—¡Vamos, vamos! ¡Quiero sorprender a papá antes de que grite!

Renzo levanta una mano, y un portal se abre frente a ellos. Se despliega con un zumbido suave, como si el aire se rasgara con cuidado. El fuego no arde. Fluye. Oscuro, con reflejos rojos y azules. Un portal tejido con sombras limpias y obedientes.

Antes de entrar, Luzbel se gira hacia mí.

—Te amo, mamá.

Y con esa sencillez... se lanza al vórtice. Lo observo desaparecer en la oscuridad junto a Renzo. Y cuando el portal se cierra con un suspiro sutil, vuelvo a mirar los documentos caídos por el suelo.

Sonrío, apenas.

El silencio vuelve a reinar en la sala del trono.

Recojo lentamente los pergaminos del suelo, uno por uno, mientras el eco del portal se disuelve en el aire, como si nunca hubiese estado allí. La pluma aún está en mi mano, pero no puedo escribir. No todavía. Porque mis pensamientos ya no están en estos tratados ni en las disputas entre clanes celestiales y demonios orgullosos. Están allá arriba... y allá abajo.

En lo que hemos construido.
En lo que nos dejaron construir.

El Creador ya no está.

No sé si se extinguió o si simplemente se cansó de mirar su obra. Tal vez se desvaneció en alguna esquina de la eternidad. O tal vez entendió, por fin, que su creación debía vivir sin su sombra.

Sea como sea... se ha ido.
Y dejó el trono vacío.

O al menos, lo intentó.

Porque yo lo ocupé. Como él siempre quiso que lo ocupará.

Pero no lo ocupe por ambición —esa ya la conocí en mil formas distintas—, sino por necesidad. Los coros del cielo estaban perdidos. Los arcángeles, quebrados o sin dirección. Las almas errantes, sin juicio ni consuelo. Y el equilibrio... al borde del colapso.




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