Margarita estaba de rodillas frente a una caja de cartón, sacando luces enredadas como si fueran recuerdos viejos. Algunas se resistían más que otras y eso la hacía fruncir el ceño.
—¿Quién fue el genio que guardó esto así? —murmuró.
Ricardo la observaba desde la mesa, apoyado en el respaldo de la silla, con los brazos cruzados.
—Seguro vos —dijo—. Siempre haces nudos imposibles.
Margarita levantó la cabeza.
—callate y ayúdame
Ricardo chasqueó la lengua, se levantó y tomó uno de los extremos del cable.
—ash y porque.
—primero porque vives aquí y segundo porque no puedes quedarte sin hacer nada.
— hay bueno.
Luego de sacar unas cuantas luces las colgaron juntos. Margarita subía a la silla y Ricardo le sostenía la silla, aunque refunfuñaba todo el tiempo.
—No te muevas demaciado —le dijo él.
—¿Quirés que flote? —respondió ella—. Si te molesta, deja la silla.
—No —contestó rápido—. Después te caés y me van a culpa a mi.
Se quedaron en silencio unos segundos. No era raro que se pelearán. No se estaban gritando… pero tampoco estaban del todo tranquilos.
Ricardo no pida evitar el aroma de Margarita asique solo giraba la cabeza. Afuera se escuchaban risas de vecinos y música lejana. Ricardo notó ese ambiente distinto, más ligero, y le incomodó un poco.
—¿Te gusta la Navidad? —preguntó Margarita sin mirarlo.
—No sé… —respondió él—. Nunca fue algo importante para mí.
—Se nota —dijo ella.— parece que estas Tenso
— No me digas. — respondió con tono sarcástico.
— Ay que sarcástico.
En eso entro Isabel a ver que hacían.
— Ay Margarita, te adelantaste con las luces?
— si, quise decorar la sala ya que, supongo que Matías y mateo lo aran mañana con el resto de la casa ¿verdad? — hablo Margarita arriba de la silla.
— así es, bueno cariño ten cuidado.
— si.
— en donde estábamos — dijo Margarita mirando a Ricardo — así, lo que trato de decir es que no debes de aguantas tus cosas solo, — añadió ella bajando de la silla. — ahora tomas esas cajas y llevalas a la bodega iré a ayudar a mamá.
Ricardo lo hizo aunque te mala gana.
Más tarde, cuando Margarita terminó de ordenar la cocina, Ricardo fua a entrenar a esa habitación. Necesitaba descargar. Cada golpe, cada respiración, era un intento de mantenerse bajo control.
Cuando volvió, la casa estaba en silencio. Las luces parpadeaban y Margarita estaba sentada en el sofá, mirando su celular, con cara cansada.
—¿Ya terminaste ? —le dijo sin levantar la vista.
—Si —respondió él.
Se miraron unos segundos .
— Bueno Matías trajo helado, toma un poco de la heladera—dijo Margarita al final
— ¿helado? — dijo emocionado.
— si
— vamo ahí.
— De que sabor trajo.
— Y mira.
Luego de unas horas la familia estaba en la sala viendo la televisión.
Ricardo se quedó quieto.
— Mañana vamos a preparar la cena, entras sus primos tíos y abuelos — habló Isabel
— ¿en serio? —Dijeron los tres hermanos.
— Y vamos a presentarlos correctamente.
Margarita y Ricardo se miraron de reojo y rodearon los ojos.
Ya en la noche luego de la cena Margarita estaba en la cocina lavando un vaso en el cual había bebido un jugo.
Ricardo estaba bajando por las escaleras iba por un basó de agua. Cuando la vio ahí no hizo ruido. Se apoyó en el marco de la puerta y la observó un momento más de lo necesario.
No era paz completa.
No era armonía.
Pero tampoco era guerra.
Y para Ricardo, eso ya era extraño.
— Ojalá esta Navidad sea tranquila — pensó.