Amar al Contrario

El inicio de una travesía

Sinopsis

Cuando Abelino Jiménez, un joven afrodescendiente lleno de sueños y determinación, llega a Lima —la capital gastronómica del Perú— buscando un futuro mejor, no imagina que su primer empleo marcará el inicio de su mayor desafío emocional. Tras semanas recorriendo la ciudad con el cansancio en la espalda y la esperanza resistiendo en el bolsillo, finalmente consigue trabajo como ayudante de cocina en un restaurante de comida tradicional.

Allí conoce a Marcela Téllez, la estricta administradora que, desde el primer día, deja claro su desagrado hacia él joven de color. Abrumada por la falta de personal, Marcela lo contrata solo por necesidad, sin sospechar que ese joven testarudo, amable y dueño de una sonrisa capaz de romper silencios, terminará alterando por completo su ordenado mundo.

Lo que comienza como una guerra fría marcada por turnos, derechos laborales y distintas maneras de trabajar, pronto se convierte en un vínculo inesperado que pone a prueba sus límites, sus prejuicios y sus corazones.

El inicio de una travesía

Abelino siempre había sentido que su amado pueblo natal, Buga, era un lugar bello… pero pequeño para sus sueños. Desde joven había luchado contra el cansancio, estudiando gastronomía con la misma hambre con la que otros buscaban sobrevivir. Quería abrirse paso en un mundo difícil; quería demostrar que su talento merecía un lugar. Sin embargo, las puertas parecían cerrarse una tras otra, como si el destino insistiera en ignorarlo.

Más de una vez se preguntó si estaba en el sitio equivocado… o si lo que sabía hacer simplemente no tenía eco en aquella tierra que tanto amaba.

Esa noche, bajo la luz temblorosa de un viejo bombillo, tomó una decisión que, sin saberlo, marcaría su vida para siempre: irse. No por huir, sino por buscar. No por rendirse, sino por atreverse.

A la mañana siguiente, con el corazón palpitando como si presintiera un cambio de época, se dirigió a la basílica del Señor de los Milagros. Se inclinó frente al altar, agradecido por lo vivido, y rogó por fuerza, claridad y protección para el camino que estaba por emprender.

Empacó lo indispensable: ropa ligera, los cuchillos envueltos con cuidado casi sagrado y un par de libros desgastados que habían sido sus compañeros de lucha. Su equipaje era liviano; su esperanza, inmensa.

Se despidió solo de una persona: su madre. La abrazó largo, sin palabras, porque entre ambos el silencio siempre había sido suficiente. Ella lo entendía como nadie. Su padre y hermanos vivían lejos, y su hermana menor—compañera fiel de su madre—se encontraba trabajando en el momento de su partida. Amigos tenía pocos, así que marcharse sin avisos no fue difícil.

Colocó la maleta en la parte trasera de su moto, ajustó el casco y, antes de encender el motor, hizo un juramento silencioso: volvería transformado.

El rugido de la moto rompió la quietud de la madrugada. Sin mirar atrás, avanzó hacia el sur del país. Su primer destino: el frío de Ipiales. Luego seguiría por Ecuador rumbo a Lima, Perú, donde esperaba que su sueño como chef encontrara un lugar para florecer.

El camino como maestro

Los primeros kilómetros se desvanecieron como un suspiro. Con el pasaporte casi pegado al pecho, llegó a la alegre Cali, donde el aire huele a música y fiesta aun en las mañanas más tranquilas. Aunque tenía una ruta alterna, decidió atravesar la ciudad para llevarse un pequeño recuerdo de ella antes de partir.

Saliendo por Jamundí, tomó la Panamericana rumbo a Santander de Quilichao. La carretera lo llevó casi sin notarlo; cuando reaccionó, ya estaba ascendiendo hacia Mondomo. Más adelante, el paisaje se abría hacia Popayán, con montañas que parecían sacadas de antiguas leyendas.

Atravesó el Cauca: Tunía, Morales, Piendamó, Río Blanco, Cartago… cada nombre era una estación de pensamientos. Cada kilómetro una despedida, y al mismo tiempo, una bienvenida silenciosa a lo desconocido.

En Popayán hizo una pausa para comer. No era solo hambre: era el alma pidiendo un instante para respirar. Mientras saboreaba un plato sencillo, pensó en lo que dejaba atrás… y en lo que tal vez estaba por encontrar.

Lo que no sabía era que ese viaje no solo lo llevaría a una aventura profesional. También lo acercaría, sin advertirlo, a un encuentro capaz de desafiar su paciencia, su temple… y su corazón.

Hacia la frontera

Tras descansar cerca de una hora, llenó el tanque, se ajustó el casco y continuó. El paisaje lo guiaba más que el mapa: montañas que rozaban el cielo, ríos como espejos del sol, colores imposibles de describir sin quedarse corto.

Pasó por Timbío, dejando escapar una sonrisa bajo el casco. El viaje era largo, sí, pero la libertad tenía un sabor indescriptible.

Cerca de Rosas, cuando el cielo se pintaba de naranjas y rosados, decidió detenerse. El frío empezaba a calar, así que buscó un café. El aroma fuerte y familiar lo recibió como un abrazo.

Mientras disfrutaba su bebida, un motero se acercó.

— ¿Cómo va la ruta, hermano? —preguntó con camaradería.

—Bien… cansado, pero firme —respondió Abelino—. Solo me preocupa entrar a Ipiales de noche.




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