Abelino despertó sobresaltado.
El reloj marcaba las 9:00 a.m., mucho más tarde de lo que había planeado. El clima frío y el cansancio del viaje le habían robado horas sin pedir permiso. Se incorporó de un salto, dejando atrás las sábanas heladas, y corrió a buscar su celular, casi sin recordar dónde lo había dejado la noche anterior.
Cuando confirmó la hora, soltó un suspiro resignado.
—Bueno, ya está —murmuró.
Se dio una ducha rápida, se cepilló los dientes y bajó al restaurante del hotel con la urgencia propia de quien sabe que el camino lo espera. Al llegar, se detuvo sorprendido: frente a él se extendía un bufet abundante, rebosante de frutas frescas, panes calientes, proteínas, jugos y toda clase de carbohidratos que olían a hogar y a viaje.
Consciente de que no sabía cuándo volvería a comer, se sirvió una porción generosa, y mientras devoraba cada bocado revisaba en su celular la ruta para continuar su camino.
Fue entonces cuando una mujer de la ciudad se acercó. Su acento pastuso, suave y musical, lo envolvió apenas habló.
— ¿Cómo le ha parecido la estadía? ¿Y la comida?
Abelino tragó, sonrió y respondió con sinceridad:
—Todo muy bien, muchas gracias. Muy rico todo, excelente atención. Volvería con gusto… y los recomendaría.
Ella sonrió satisfecha y se alejó con un movimiento de cadera natural, elegante, casi danzante. Abelino la siguió con la mirada unos segundos, curioso, admirando la gracia con la que se movía. Pero en su mente recordó de inmediato el propósito de su viaje. No había tiempo para distracciones. Tenía un camino que seguir y muchos kilómetros por delante.
Al revisar sus mensajes de WhatsApp, no encontró nada nuevo. Los mismos estados, los mismos chistes, los mismos memes… Nadie parecía haberse dado cuenta de que se había ido. Excepto dos personas.
Los mensajes de su madre y de su hermana sí estaban ahí, llenos de bendiciones, regaños cariñosos y palabras que le apretaron el pecho. Su hermana, entre amor y rabia, le recriminaba que se hubiera marchado sin despedirse. Ese pequeño gesto familiar lo hizo sonreír.
Quizás los demás lo buscarían cuando notaran su ausencia. O quizás no. Pero eso ya no importaba.
Sin más demoras, regresó a la habitación, recogió sus cosas y bajó a calentar la moto. Antes de tomar carretera, decidió pasar por un taller cercano. El mecánico revisó frenos, aire, cadena, tornillería… lo básico para sobrevivir en la ruta. Y claro, faltaba lo más importante: llenar el tanque de gasolina.
Con todo listo, Abelino se ajustó el casco, respiró hondo, se encomendó al de arriba y encendió la moto.
El motor rugió.
La aventura continuaba.
Inició la marcha mientras avanzaba por las frías calles de Ipiales, las luces tempranas aún titilaban, y él, sin palabras, solo con sonrisas tímidas, se despedía de la adorable gente pastusa, al mismo tiempo de Colombia. Tomó carretera, dejando atrás ese rincón del sur que parecía pintado con manos de artista: cultivos extendidos como alfombras verdes, ganado que adornaba los llanos y montañas que lo observaban partir como viejos guardianes.
Mientras avanzaba, una pregunta se le alojó en el pecho:
¿Por qué tantos sueñan con otros países sin antes conocer estas hermosas tierras colombianas, tan llenas de vida, de magia, de historias?
Pero ya no había vuelta atrás. El destino estaba marcado y debía seguir con la frente en alto, aunque el corazón —terco como él— se resistiera a soltar lo conocido.
A medida que se acercaba a los últimos paraderos nacionales, el ambiente cambiaba. Empezaban a escucharse otros idiomas, a verse monedas distintas en las manos de los viajeros. El clima le favoreció, y cuando menos lo pensó, estaba frente a la frontera entre Colombia y Ecuador.
Respiró profundo, alistó sus documentos y avanzó hacia la fila. Tras un interrogatorio rutinario, una inspección detallada de sus papeles y de su moto, le dieron el permiso de continuar. Al cruzar, ya del otro lado, se detuvo unos segundos. Miró hacia atrás: su querida Colombia, con sus sonidos, sabores y colores, quedaba allí, aguardando su regreso o quizá su recuerdo.
Aprovechó para comer algo, cambiar su dinero por la nueva moneda que regía en aquellas tierras y, tras un breve descanso, se montó de nuevo en su moto. La carretera ahora era distinta: nuevas normas, nuevas señales, un mundo que invitaba tanto como advertía. Con fe intacta, se deslizó por el asfalto frío, observando cómo al frente una nube gris amenazaba con desatar lluvia o tormenta.
Recordó, aliviado, que en un costado de la moto llevaba su traje y botas de lluvia. Así que siguió adelante, sin miedo, aunque los relámpagos que pintaban el cielo presagiaban una tormenta de las fuertes.
La noche cayó rápido, devorando la carretera desconocida. Sin quererlo, tomó un desvío hacia la ciudad de Cuenca, donde la lluvia dejó de ser amenaza para convertirse en furia. Al cruzar un puente, sintió cómo el agua se metía por cada fibra: su traje de lluvia parecía hecho de papel ante aquella tormenta despiadada.
Entonces ocurrió lo inesperado. Un estremecimiento le recorrió la espalda, erizándole la piel. Por un instante —uno largo, helado— sintió como si alguien más se hubiese subido a la moto. Una presencia pesada, oscura, que intentaba desestabilizarlo. Voces susurrantes, tenebrosas, parecían rodearlo, mientras un abrazo invisible lo inmovilizaba, empujándolo al miedo.