El motor aún vibraba con el eco de la huida cuando Abelino logró calmar el pulso. Había cruzado aquel puente como un fantasma, sin mirar atrás. El camino comenzaba a abrirse nuevamente: menos árboles, más espacio… pero también más soledad. Un reflejo de un rayo iluminó a lo lejos una especie de choza o escampadero.
Abelino, atento a todo, levantó la mirada.
Una cortina de agua cayó con violencia, obligándolo a bajar la velocidad. El viento empujaba de lado, zarandeando la moto. Adelante casi no se veía nada: solo una mezcla de gris, agua y neblina que se deslizaba sobre el asfalto.
—Aguanta… aguanta —susurró, apretando el manubrio.
El aguacero se enfureció más. Los truenos retumbaban como cañones antiguos, y los relámpagos iluminaban las montañas por fracciones de segundo, revelando sus contornos afilados.
La carretera empezó a llenarse de charcos profundos. Las llantas patinaban de vez en cuando, obligándolo a mantener un equilibrio casi perfecto. Las gotas golpeaban tan fuerte que parecían agujas.
Buscó desesperado un refugio.
Una señal.
Un techo.
Lo que fuera.
Pero no había nada. La choza que creyó ver se había desvanecido.
Solo kilómetros de naturaleza salvaje castigados por la furia del cielo.
Cuando parecía que la tormenta no podía intensificarse más, un rayo cayó tan cerca que el estruendo lo hizo temblar. La moto dio un pequeño salto involuntario. El corazón le martilló las costillas.
— ¡No jodas!
A lo lejos, entre la cortina de lluvia, divisó lo que parecía una pequeña construcción de madera. Una caseta vieja, quizá un paradero abandonado, un vestigio de carretera antigua. No era seguro, pero era mejor que nada.
Aceleró con cuidado.
La tormenta rugía, pero él rugía más por dentro.
Al llegar, estacionó la moto bajo el techo desvencijado. El agua caía por los costados como una cascada improvisada. Entró empapado, respirando con fuerza.
Y fue entonces cuando escuchó un golpe detrás de él.
No era la lluvia.
No era un trueno.
Era algo… o alguien.
Abelino giró lentamente.
La imagen que vio lo hizo tragar saliva.
Bajo la lluvia tenue, apenas visible entre las sombras del temporal, una figura humana avanzaba hacia él, tambaleándose, como si cada paso costara un mundo.
— ¡Hey! —Gritó Abelino, tratando de hacerse oír por encima del aguacero—. ¿Está bien?
La figura no respondió. Solo levantó una mano, muy despacio.
Un rayo iluminó la escena.
La persona estaba cubierta de barro, empapada, con la ropa desgarrada.
Y en su rostro… había miedo.
Un miedo que no venía de la tormenta.
—Ayúdeme… —murmuró la voz temblorosa, casi ahogada por el estrépito del cielo—. Vienen… detrás… ¿vienen…?
Abelino sintió cómo el frío de la tormenta le helaba el pecho por dentro.
¿Quién venía?
¿A quién perseguían?
¿Se trataba de lo mismo que había encontrado en el puente?
La lluvia caía con una furia casi animal cuando Abelino la vio desplomarse entre el barro. Corrió hacia ella sin pensarlo dos veces; la atrapó justo antes de que golpeara el suelo y la sostuvo entre sus brazos, sintiendo cómo su cuerpo temblaba como una hoja estremecida por el viento. La llevó a la choza más cercana, una estructura vieja que apenas resistía el aguacero, y la sentó en un rincón donde el agua no alcanzaba a filtrarse.
Rebuscó en su mochila con manos torpes hasta encontrar algo seco, lo poco que tenía, y la cubrió intentando devolverle el calor. Ella respiraba con dificultad; cada tanto una tos aguda le sacudía el pecho. Abelino, empapado y sin más recursos que su preocupación, abrió su cantimplora y le ofreció dos sorbos con cuidado, temiendo que pudiera ahogarse.
La acomodó lo mejor que pudo y se sentó a su lado, dejándose caer con el agotamiento de la tormenta encima. El frío los envolvió a ambos hasta que, sin darse cuenta, cayeron dormidos.
Abelino despertó sobresaltado en mitad de la noche. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Luego notó el vacío junto a él y se incorporó alarmado. Buscó con la mirada hasta verla a unos metros, de pie, contemplando la madrugada como si escuchara algo que él no podía oír.
Se acercó y le tocó el hombro. Ella giró lentamente y lo miró sin pronunciar palabra. Tenía los ojos fijos, como de quien ha visto demasiado. De pronto su rostro se quebró. Las lágrimas cayeron sin aviso y antes de que Abelino reaccionara, ella lo abrazó con una fuerza feroz, casi dolorosa.
—Gracias… gracias —susurró entre sollozos, aferrándose a él como si temiera volver a perderse.
Abelino no supo qué decir. Solo se quedó allí, inmóvil, mientras ella recobraba poco a poco la calma. Cuando por fin lo soltó, se dejó caer al suelo y él se sentó frente a ella.
Tragó saliva, inseguro, y preguntó tartamudeando:
— ¿Cómo te llamas? ¿Cómo llegaste allí? ¿Por qué caminabas sola bajo la tormenta?
Ella levantó la cabeza, aún temblorosa, y murmuró con voz baja: