Amar al Contrario

La Basílica 640

De regreso al hostal, Abelino caminaba con la mente convertida en un nudo ciego de pensamientos. Dos dilemas principales le daban vueltas en la cabeza: la posibilidad de mudarse al mismo edificio de apartamentos donde vivía Ángela y, sobre todo, la tentadora propuesta de Valeria para convertirse en su chef principal.

Iba tan sumido en sus reflexiones que el teléfono vibró en su bolsillo casi sin que lo notara. Era un mensaje de Ángela:

«Me avisas cuando llegues para asegurarme de que estás bien y poderme dormir tranquila».

Abelino continuó su camino en silencio. Minutos después, ya recostado en la estrecha y austera cama del hostal, le respondió confirmando que había llegado sin novedad. Al no recibir respuesta, intuyó que el sueño ya la había vencido.

La réplica llegó a la mañana siguiente, iluminando la pantalla justo cuando él se despertaba:

«Disculpa, ya era muy tarde y me quedé dormida. Pero me alegra saber que todo está bien. Te veo en el restaurante».

Durante el turno, la cocina se convirtió en un torbellino conocido. El repiqueteo de los cuchillos contra las tablas, el siseo del aceite hirviendo y la prisa por servir cada plato a tiempo marcaban el compás de la rutina. Sin embargo, Abelino operaba en piloto automático; la oferta de Valeria seguía instalada en su mente, pesada y constante. La indecisión lo carcomía, especialmente porque el ambiente laboral en su empleo actual mejoraba cada día, lo que hacía que la idea de marcharse se sintiera casi como una traición.

Aprovechando un breve respiro entre comandas, se acercó a Ángela.

—¿Caminamos juntos esta tarde al salir? —le preguntó en voz baja—. Necesito contarte algo.

Ella lo miró con curiosidad, asintió con una sonrisa ligera y regresó de inmediato al trabajo.

Al terminar la jornada, Abelino la esperó junto a la salida. Emprendieron la marcha sin prisa, dejando que el aire de la tarde los refrescara. Tras unos minutos de caminata, se detuvieron en el puesto callejero de siempre. Saludaron al vendedor de jugos y se acomodaron en los bancos plásticos, listos para una charla que Abelino ya no podía postergar.

Mientras sostenía su vaso, él desnudó sus dudas. Le habló de la propuesta de Valeria, admitiendo que la idea de crecer profesionalmente lo seducía, pero que le pesaba el remordimiento de abandonar tan pronto el lugar que le había abierto las puertas al llegar.

Ángela lo escuchó con atención absoluta. Cuando él terminó, ella lo miró con una seriedad teñida de afecto.

—Es noble que sientas gratitud por la oportunidad que te dieron —le dijo, suavizando el tono—, pero no puedes usar esa gratitud como una jaula para los sueños que te trajeron hasta aquí. Si la propuesta es real, si vas a tener un mejor puesto y vas a ganar más, no deberías dudarlo. Hay que seguir avanzando en el viaje.

Abelino la miró fijamente. Las palabras de Ángela disiparon la niebla mental que lo había acompañado todo el día; se dio cuenta de que había estado perdido en la culpa, pero ella acababa de devolverlo al camino correcto.

—Tienes razón —admitió él, dando un sorbo a su café—. Pero... ¿cómo les digo que me voy?

Ángela sonrió con picardía y le dio un empujoncito amistoso en el hombro.

—Despacio, chef, las cosas se hacen bien. Primero ve a la entrevista formal, asegúrate de que te cumplan lo prometido y mira bien las condiciones. Cuando tengas el contrato seguro allá, nos sentaremos a pensar en cómo dar la noticia aquí. ¡Ánimo! Lo que te está pasando es algo bueno, no un problema.

Ella guardó silencio un instante, observándolo de reojo antes de soltar una pregunta con tono burlón:

—Y al fin, ¿sí te vas a mudar a mi edificio o ahora que vas a ser un chef importante te buscarás algo de un estrato más alto?

Abelino soltó una carcajada sincera.

—No, ¿cómo crees? Quiero vivir cerca de ti. Me cae muy bien tu compañía y sé que nos ayudaremos mucho el uno al otro en el futuro.

Iba a continuar hablando, pero el dueño del puesto, que los había observado en silencio mientras limpiaba el mostrador, se acercó a la mesa rompiendo el misticismo del momento.

—¿Van a querer pan para acompañar? —los interrumpió el hombre, extendiendo una canasta humeante.

La tarde concluyó entre risas rezagadas y el aroma a café que quedaba en el fondo de las tazas. Continuaron el camino a casa compartiendo silencios cómodos y se despidieron con un abrazo cálido en la puerta del hostal.

Apenas entró en su habitación, Abelino buscó la tarjeta de presentación en su billetera. Con los dedos ligeramente trémulos por la expectativa, le redactó un mensaje a Valeria para coordinar la entrevista; prefirió no llamarla, consciente de que a esa hora el restaurante estaría en pleno auge y ella no tendría tiempo de atenderlo.

Sin recibir respuesta inmediata, Abelino regresó al turno de la noche en su restaurante actual. Trabajó con una entrega inusual, como si cada plato que salía de sus manos fuera el último. Quería absorber y atesorar cada fragmento de ese lugar: el calor de los fogones, el tintineo de los cubiertos, las risas del equipo. En un arranque de energía melancólica, se dedicó a ayudar en todo lo que pudo: lavó platos, adelantó producciones de cocina, sirvió mesas y limpió superficies con un esmero impecable. Sus compañeros lo miraban con absoluto asombro, extrañados por su repentina hiperactividad, pero Ángela, desde la distancia de la barra, le dedicaba miradas de complicidad. Ella conocía el verdadero motivo detrás de tanto empeño.




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