El vestido de novia es un vestido blanco de corte princesa, con un corsé estructurado que se ajusta a mi torso y realza mi cintura. El escote es recto y sin tirantes, dejando mis hombros descubiertos y aportando una elegancia limpia y clásica. La falda es amplia y voluminosa, cae con mucho movimiento y se extiende en una ligera cola que le da un aire majestuoso. La tela es lisa y luminosa, con un acabado suave que hace que el vestido se sienta sofisticado, atemporal y completamente nupcial.
El velo cuelga de mi coleta alta mientras cae como cascada por mi espalda y termina hasta más abajo de mis caderas.
Sostengo un ramo de rosas color marfil, delicadas y elegantes, con pétalos suaves que se abren de forma armoniosa. Entre las rosas hay pequeñas flores blancas que aportan ligereza y un aire romántico, acompañadas de hojas verdes que enmarcan el ramo con frescura.
Llevo un maquillaje elegante y sofisticado, con un acabado suave y luminoso. Mis cejas están bien definidas pero naturales, enmarcando la mirada sin verse rígidas. En los ojos uso sombras en tonos cálidos y neutros, con un difuminado delicado que aporta profundidad; mis pestañas son largas y definidas, dándole protagonismo a mis ojos sin exagerar.
Mi piel luce uniforme y aterciopelada, con un rubor durazno que da un efecto fresco y saludable a las mejillas. Los labios los llevo en un tono nude rosado, con un acabado jugoso que realza su forma de manera sutil.
Observo mi rostro. Trato de encontrar alguna pizca de emoción por este día, e incluso casi me reprochó por no encontrar ese sentimiento. Pero no puedo hacerlo, no puedo obligarme a sentir alegría, no después de verme obligada a casarme.
En el fondo me duele que mi padre me haga esto. Si le dijeran a mi yo de hace cinco meses, que padre la obligaría a casarse con tal de salvar su empresa, reiría, no lo creería.
Unos golpes en la puerta cortan mis pensamientos.
—¡Lydia, apúrate, los invitados nos están esperando! —se escucha la voz de mi madre del otro lado de la puerta.
—Ya estoy lista. —aviso.
Madre entra mientras se pone unos aretes azules en forma de lágrimas, combinan a la perfección con su vestido del mismo color. En la cintura tiene un lazo dorado, puedo jurar que el moño que adorna su cadera llamará la atención de cualquiera.
—Estás divina, mi amor —me detalla de pies a cabeza mientras termina de arreglarse el cabello del mismo color que el mío; castaño oscuro—. Sin duda eres la novia más hermosa.
—Seguro. —respondo en un tono cansado.
Elimino algunas arrugas imaginarias con las palmas de mis manos. Algo que siempre hago cuando estoy nerviosa.
—Nunca imaginé verte así; vestida de novia. —me sonríe con una calidez que ya no hace efecto como antes—. El día de tu boda llegó más pronto de lo pensado.
Está emocionada. Por supuesto. No puedo imaginar lo feliz que se siente por ver que se casa su hija única, sin embargo no puedo compartir su misma emoción.
¿Cómo puede estar feliz cuando sabe que su hija será unida a otra persona por obligación? ¿Qué está pagando algo que no apostó? ¿Qué no perdió?
Me empiezo a frotar las sienes ya que empieza a darme dolor de cabeza por el estrés.
—No te agobies. —me da unas palmaditas en el muslo que tratan de ser tranquilizadoras—. Vamos, los invitados nos esperan.
. . . .
Estar a unos pasos de entrar a la ceremonia donde todo cambiará con un simple "acepto" me pone muy nerviosa. Las manos me sudan y me empiezan a picar haciendo que me rasque fuertemente las palmas.
Mi madre insiste en que ya entremos, sin embargo yo aún no me siento capaz. Lo único que anhelo es salir corriendo de aquí, y podría hacerlo, por supuesto, mas no puedo debido al vestido. Si me hecho a correr corro el riesgo de caerme o de ser atrapada fácilmente.
Me agarra de la muñeca y me jalonea hacia la entrada. Padre me espera en la entrada. Viste un traje de tres piezas en tono beige claro, de corte elegante y moderno. Lleva un saco entallado con solapas clásicas, acompañado de un chaleco a juego abotonado que aporta sofisticación y estructura al conjunto. Debajo, una camisa blanca impecable contrasta con una corbata en tono marrón.
—¿Lista? —pregunta mi padre.
Se ve ansioso, seguramente por el acuerdo que hizo Dominic; después de casarnos le daría el dinero.
—¿Tengo opción? —digo con exasperación.
—No, no la tienes. — responde con dureza. Me ofrece su brazo, el cuál a regañadientes acepto.
Es maravilloso como hicieron esta fachada, aunque no me guste la idea de casarme por conveniencia me gusta como han arreglado todo.
Llegamos a la entrada y caminamos por un sendero de césped cubierto de pétalos blancos, sintiendo cómo cada paso me acerca a uno de los momentos más importantes de mi vida que me hubiera encantado sentir una emoción genuina.
A ambos lados, las sillas de madera esperan a los prometidos, rodeadas de arreglos de flores blancas y verdes que llenan el aire de frescura y calma. No reconozco a ninguna persona de aquí.
Sobre mí, arcos de follaje crean un techo natural que filtra la luz del sol. Al frente, el altar cubierto de flores se levanta entre los árboles, sencillo y elegante. Todo es verde y blanco.
En el altar me espera Dominic. Viste un traje formal de color negro, perfectamente entallado. Lleva una camisa blanca de corte limpio, abotonada con pequeños botones oscuros, y un moño negro. El saco tiene solapas satinadas, típicas de un esmoquin, y debajo se aprecia un chaleco a juego, como detalle distintivo, lleva una flor blanca prendida en la solapa.
No se ve nervioso, todo lo contrario, se ve serio y con un poco de impaciencia. Tiene las manos entrelazadas detrás de la espalda y tiene la vista fija en algún rincón no tan importante de la ceremonia.
Camino hacia él mientras aprieto con fuerza el ramo de flores.