Amar en el momento equivocado.

Capítulo 13: Caminos Inesperados

La oscuridad de la noche los envolvía mientras Elena, Alex y Martín corrían a través de las calles laterales, su respiración entrecortada resonando en los ecos vacíos de la ciudad. La adrenalina aún llenaba sus venas, impulsándolos a moverse más rápido. Cada sombra parecía cobrar vida y cada sonido un eco de sus temores.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Martín, su voz una mezcla de ansiedad y urgencia.

—Sigamos hacia el parque; hay menos gente, podemos escabullirnos allí y planear qué hacer con el documento —sugirió Alex, su mirada fija en el camino por delante.

Elena se sentía atrapada entre la esperanza y el miedo. La posibilidad de que los estuvieran siguiendo era inminente, uno de esos monstruos de su mente que la habían perseguido durante toda la noche. La realidad se cernía sobre ella como una sombra, y el peso del documento en su mochila era constante recordatorio de lo que estaba arriesgando.

Mientras avanzaban por los callejones poco iluminados, se acercaron a un pequeño parque. Las luces parpadeantes de los faroles proveyeron una atmósfera inquietante, el silencio ocupando cada rincón del espacio abierto.

—Este lugar está bastante vacío por la noche —dijo Elena, mirando a su alrededor. La paz del parque contrastaba con la tensión acumulada en sus cuerpos.

—Podrían estar buscando algún otro lugar —apuntó Martín, asomándose a la sombra. —Aprovechemos, no sabemos cuánto tiempo tenemos antes de que rastreen nuestros pasos.

Una vez dentro del parque, se detuvieron, alejándose de la calle abierta. El aire fresco se sentía rebosante de vida a pesar del peligro inminente, mientras Elena tomaba un momento para recuperar el aliento.

—¿Qué hacemos con el documento? —preguntó Martín, llevando la conversación hacia un punto crítico. Su ansiedad era palpable, y Elena sintió la carga que todos llevaban en ese momento.

—No podemos enviarlo hasta estar seguros de que nos hemos liberado de sus garras —dijo Alex, la mirada fija en el suelo cubierto de hojas. Su voz era firme. —Debemos buscar un contacto seguro, alguien que pueda ayudarnos a difundirlo sin riesgo.

—Conozco a alguien —dijo Elena, y por un momento, se sintió revitalizada al recordar a Beatriz, una colega periodista con conexiones en varios medios. —Si llegamos a su oficina, podría ayudarnos a manejar esta situación.

—¿Beatriz? —preguntó Martín, recordando haber oído hablar de ella—. Es una excelente periodista y tiene relaciones en medios clave. Podría ser la respuesta que necesitamos.

Elena asintió y comenzó a pensar en un plan.

—Exactamente. La oficina de Beatriz está a menos de diez minutos de aquí —explicó—. Si llegamos y suena la alarma, debería poder ayudarnos a proteger el documento y al mismo tiempo alertar a los medios.

El grupo se armó de nuevo con la determinación. El riesgo no se había desvanecido; todo lo contrario: sentían que el tiempo se volvía más condensado. La sensación de que quien los perseguía no se detendría era una sombra que nunca se alejaba.

—Vayamos —dijo Alex, avanzando hacia el camino del parque, con Elena y Martín a su lado, preparados para enfrentar cualquier peligro que pudieran encontrar en el camino.

Cada paso que daban se sentía lleno de significado. Eran conscientes de que se arriesgaban, pero el deseo de llevar a cabo la verdad era más grande que el miedo que los perseguía.

Sin embargo, mientras cruzaban el parque, algo cambió. Un grupo de hombres apareció desde la oscuridad, sus siluetas marcadas contra la luz de la luna.

—¡Deténganse! —gritó uno de ellos, con una voz que rasgaba la noche.

Elena sintió que el pánico se apoderaba de su corazón. La muerte repentina de la tranquilidad estaba en juego, y sabía que no tendrían tiempo para correr nuevamente.

—Corran hacia el otro lado —gritó Martín, mientras se lanzaba hacia el grupo y trataba de distraerles, empujando a Elena y a Alex a un lado.

—¡No! —gritó Elena, viendo cómo su amigo se enfrentaba al peligro.

—¡Yo me encargaré de ellos! —dijo Martín, mientras los hombres se lanzaban sobre él.

La desesperación llenó a Elena mientras veía a Martín enfrentarse a varios hombres, luchando por distraer la atención que estaba destinada a ellos.

—¡Salgamos de aquí! —dijo Alex, tratándola de empujar hacia el lado opuesto.

Sin pensarlo, Elena movió su cuerpo en dirección contraria, incapaz de abandonar a su amigo en reacción a su valentía. Su lucha la llenó de un terror que serpenteaba a través de su cuerpo.

—Martín, ¡vuelve! —gritó, impotente ante la escena que se desarrollaba frente a sus ojos.

Mientras ellos luchaban, Elena sintió la necesidad de hacer algo, de no simplemente ser una espectadora. Sus instintos la guiaron a buscar algo que pudiera ayudar.

Era como si cada objeto que vio en el suelo le recordara la posibilidad de cambiar la dirección de la resistencia. Entonces su mirada se ceñó a una piedra grande y puntiaguda entre la maleza.

Caminó rápidamente hacia ella y mientras sus manos envolvieron la piedra, sintió que podría ser su voz; una forma de ayudar a su amigo.

—¡Alex, cúbreme! —gritó, levantando la piedra mientras se lanzaba hacia el grupo.

Alex hizo una maniobra rápida hacia el frente, zwelando para apartar la atención de Elena y dejarle pasar.

Los hombres se concentraron en Alex, y en ese segundo, ella corrió hacia ellos, levantando la piedra sobre su cabeza. La adrenalina lo consumía todo, y cuando llegó cerca del grupo, soltó un grito feroz y lanzó la piedra.

El impacto resonó como un trueno y provocó la atención sobre ella. Mientras los hombres giraban hacia ella, inesperadamente Elena sintió que todo estaba en manos del destino.

— ¡Vamos! —gritó Alex, viendo la reacción de los hombres y el momento de sorpresa que habían sembrado.

El grupo comenzó a moverse hacia él, pero la distracción había funcionado, y entonces se dio cuenta de que necesitaban escapar.




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