Amar en el momento equivocado.

Capítulo 23: La Fuga en el Caos

El murmullo de voces y el sonido inquietante de golpes resonaban por la puerta, mientras la presión de la situación aumentaba. Elena, Alex y Martín compartían una mirada tensa, sabiendo que el momento decisivo se acercaba. Lo que habían estado tratando de proteger, la verdad que llevaban consigo, corría el riesgo de ser destruida.

—No podemos dejar que entren —dijo el oficial, sus ojos fijos en la puerta como si pudiera desviar el peligro a través de la fuerza de su voluntad.

Los hombres del grupo contrario seguían golpeando la entrada, y el ruido de la puerta crujía cada vez más. Elena sintió que el pánico se instalaba en su pecho. Tenían una oportunidad que no podían dejar escapar, pero a medida que la emoción se apoderaba de ellos, la desesperación comenzaba a mezclarse con la determinación.

—¿Y si nos atrevernos a salir por la ventana? —propuso Martín, apuntando hacia una pequeña abertura trasera en el almacén. La idea podría sonar ingenua, pero la incertidumbre del momento la hacía parecer una solución viable.

—Nos arriesgaríamos a ser vistos —replicó Alex, apretando los dientes—. No hay tiempo para dudas. Lo mejor es mantenernos juntos.

—Si ellos entran, no habrá vuelta atrás. —dijo Elena, sintiendo cómo la tensión interminable se convertía en una necesidad de actuar—. Necesitamos hacer algo antes de que sea demasiado tarde.

Mientras el nguyendo y los golpes retumbaban en el aire, Elena sabía que su visibilidad se desvanecía. Cualquier contacto con el exterior podría hacer que se disipara su única oportunidad de sobrevivir; la decisión tenía que ser tomada.

Finalmente, un último grito resonó.

—¡Entren, escoria! ¡Sabemos que están ahí y no se les dejará escapar!

La roce de un estremecimiento frío atravesó a Elena. Ella tomó aire profundamente, intentando fortalecer su resolución.

—Bien. Si nos atrapan ahora, hemos fallado. ¡Vamos por la ventana! —declaró, su voz firmemente en control.

Alex se giró y, sin cuestionar el plan, se acercó a la ventana con ella. Martín lo siguió, y el grupo comenzó a ejecutar su nuevo escape. Con determinación, lograron abrir la ventana, la luz de la luna iluminando sus rostros.

—Los hombres podrían acercarse en cualquier segundo —dijo Martín, un toque de ansiedad en su voz.

—Debemos ser rápidos, lo hemos estado esperando toda la noche —respondió Elena, viendo cómo la salida se presentaba como una oportunidad.

Brincaron a través de la ventana uno a uno, con el aire fresco de la noche recibiéndolos. La sensación del exterior brindó un momento revitalizante, como si la libertad estuviera al alcance de sus manos. Pero no podían detenerse. La sombra del peligro seguía sobre ellos mientras corrían.

Al salir al callejón, apenas tuvieron tiempo para ajustar sus sentidos y asegurarse de no ser vistos. La noche era un velo que utilizaban para proteger lo que llevaban consigo.

Mientras se movían hacia la salida, las sirenas aún resonaban en la distancia, pero ahora todo era un tímpano de esperanza. Sin embargo, el eco de los hombres que los habían perseguido todavía perseguía sus pensamientos. Elena sabía que debían mantenerse unidos.

—Hacia esas calles laterales, ¡rápido! —sugirió Alex, señalando hacia un camino oscuro frente a ellos.

Mientras corrían, la sensación de poder dosificaba el miedo. Elena podía escuchar cómo sus respiraciones se entrelazaban con el silencio que envolvía la noche. Todo lo que habían experimentado hasta ahora se conectaba en ese momento; sabían que perder la oportunidad de exponer la verdad no era una opción.

Al girar la esquina, descubrieron que el callejón conducía hacia una serie de calles pequeñas con edificios viejos, claramente olvidados por el tiempo. La bruma de la noche comenzaba a disiparse, y una nueva dirección se delineaba ante ellos.

—¿Ya nos han alcanzado? —preguntó Martín, manteniendo la vigilancia mientras su respiración se calmaba.

—No lo sé, pero debemos estar atentos —respondió Elena, su determinación resonando—. No podemos permitir que se interpongan en nuestro camino.

En ese momento, un sonido de pisadas resonó a lo lejos, rompiendo la tranquila atmósfera del pasillo. Elena sintió que la tensión volvía a elevarse mientras la idea de ser capturados comenzaba a acechar su mente.

—¡Rápido! —gritó Alex, su mirada fija en la oscuridad que se cernía frente a ellos—. Debemos escondernos.

Encontraron una entrada lateral a un edificio y se lanzaron hacia adentro, la sensación de seguridad se extendía mientras se escondían en un conjunto de muebles viejos y artículos abandonados. En el interior, la atmósfera estaba cargada, y el silencio se sentía denso mientras aún vigilaban la entrada.

Elena miró a sus amigos; la preocupación perduraba en sus ojos. Era evidente que la lucha apenas comenzaba.

—¿Creen que los han perdido de vista? —preguntó, su voz resonando en el aire tenue del lugar.

—No lo sé. Pero si logramos salir de aquí y hacer que el documento llegue a Beatriz, tal vez aún tengamos una oportunidad —respondió Alex, sintiendo el peso del destino sobre ellos—. Estoy asustado, pero no podemos desmayar.

Mientras se movían para acomodarse mejor, la respuesta de Elena flotó en el aire. Sabía que tenían que estar preparados para cualquier cosa; el futuro aún era incierto, y la verdad estaba más allá de sus manos en ese instante.

Pero justo cuando pensaban que podían relajarse, el sonido de las pisadas se acercaba más. Eran ráfagas de paso firme, como sombras que se concentraban.

—No están lejos de aquí —murmuró Martín, sintiendo que su presión interna aumentaba.

Las sombras comenzaron a tomar forma, un grupo de hombres apareció al girar la esquina, y la noche se llenó del eco de sus voces siniestras.

Instantáneamente, el aire se volvió sombrío nuevamente. Elena sintió la presión de su corazón acelerándose mientras la realidad del peligro se cernía sobre ellos.




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