Amar en el momento equivocado.

Capítulo 36: El Túnel de la Verdad

El pasillo oscuro los envolvía como un manto, y el silencio que reinaba se sentía opresivo mientras Elena, Alex y Martín avanzaban a través del túnel. La urgencia de salir a la superficie se palpaba en el aire, cada paso resonando como un eco en su mente. Sabían que el peligro aún no había desaparecido; sus perseguidores estaban más cerca de lo que podían imaginar.

El camino era estrecho y lleno de obstáculos. Las paredes estaban frías al tacto y cubiertas de polvo, revelando un paso el cual había estado en el abandono durante tiempo, una senda que les ofrecía una ruta de escape de la violencia que los había perseguido.

—¿Cuánto más falta? —preguntó Martín, su voz temblorosa mientras se esforzaba por avanzar en la oscuridad.

—No lo sé exactamente, pero debemos seguir moviéndonos— respondió Elena, sintiendo una creciente tensión en su pecho. La verdad y la posibilidad de caída las empujaban cada vez más, y no podían darse el lujo de rendirse.

Mientras seguían adelante, se escuchó un ruido distante. Una oleada de miedo recorrió a Elena y a sus amigos; sabían que no podían detenerse a esperar a que el peligro los alcanzara. Necesitaban llegar a un lugar seguro lo antes posible.

Entonces, el túnel dio un giro, y de repente la luz comenzó a filtrarse a través de una rendija. Elena sintió cómo la esperanza comenzaba a revivir; estaban cerca de salir.

—Ahí, ¡una salida! —dijo, apuntando hacia la luz.

Se acercaron con cuidado, pero mientras lo hacían, el sonido de pasos resonó familiarmente, cada vez más fuerte. La adrenalina comenzó a fluir en sus venas nuevamente, y la idea de que sus enemigos estuvieran persiguiéndolos una vez más provocaba una ola de ansiedad.

Salieron al exterior, encontrando un pequeño espacio abierto que daba a la calle lateral. La luz del día brillaba intensamente, y la escena del barrio parecía llena de vida. Sin embargo, Elena estaba al tanto de que el peligro aún acechaba.

—Miren, vamos a escondernos —sugirió Alex, señalando un lugar con algunas cajas apiladas cerca de un negocio cerrado.

Una vez detrás de las cajas, estaban fuera de la vista, pero el ruido de la calle continuaba, y Elena se preguntaba si podrían mantener un perfil bajo el tiempo suficiente para retirarse.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Martín, sintiendo la ansiedad aumentar.

—Esperemos un momento para evaluar la situación —sugirió Elena, intentando mantener la calma ante la ansiedad evidente en su voz.

Mientras esperaban, comenzaron a escuchar murmullos en la calle. No eran solo los hombres; había más personas entremezcladas entre la multitud, y las luces de los coches comenzaban a tomar forma al giro de la esquina. Elena sabía que debían encontrar a Beatriz lo más pronto posible.

Entonces, vio un rostro familiar en medio de la multitud. Era Beatriz, cruzando hacia la otra acera, con la mirada centrada en su teléfono. ¡Era la respuesta que necesitaban! Incentivada por la urgencia, se movió hacia el borde de las cajas.

—¡Beatriz! —gritó, nerviosa de que la aglomeración de personas las hiciera perder la oportunidad.

Beatriz pareció voltearse, reconociendo la voz de Elena, y sus ojos se iluminaron al verlos.

—¡Elena! —dijo, acercándose rápidamente—. ¡¿Están bien?! He estado siguiendo pistas… ¡Pensé que no llegarían!

El alivio sobrepasó a Elena cuando se unieron; Beatriz era su luz en el camino oscuro. Podían sentir que tenían que actuar pronto.

—Necesitamos asegurarnos de que el documento llegue a los medios —dijo Elena, su voz envuelta en la urgencia del momento—. El tiempo se nos escapa, y nuestros enemigos no se van a rendir.

Beatriz sintió la gravedad de las palabras de Elena, y su mirada se volvió decidida.

—Conozco un contacto que puede ayudar a enviar la información. Pero tenemos que ser discretos —dijo Beatriz, observando el entorno—. No podemos dejar que se den cuenta.

—¡Eso es! —exclamó Alex, sintiendo que la luz de la esperanza comenzaba a brillar en sus corazones. El camino hacia la verdad comenzaba a trazarse frente a ellos una vez más.

Mientras se movían, un sonido atronador resonó en la calle. Era el eco de una sirena, y la multitud comenzó a agitarse.

—¡Rápido! ¡Busquemos un lugar donde comunicarnos! —gritó Beatriz, llevándolos hacia un área más alejada del bullicio.

Sin embargo, el ambiente comenzó a volverse caótico y la distancia de la amenaza se alzó de nuevo.

—¡No perdamos tiempo! —dijo Elena, sintiendo que la sensación de riesgo aumentaba mientras se aferraba a la esperanza de que su búsqueda no había sido en vano.

Entraron en un pequeño café al final de la calle, el aire fresco y el aroma del café recién hecho les dieron una breve sensación de refugio. La ansiedad seguía presente, pero la conexión entre ellos parecía revivir, una determinación que les permitió disfrutar su momento de calma.

Mientras se sentaban en una mesa en el rincón, Elena sintió que la oportunidad de actuar estaba a su alcance.

—Tengo que hablar con Beatriz, y asegurar que el mensaje se envíe a tiempo —dijo, sintiendo que el peso del papel en su interior era un recordatorio de lo que estaba en juego.

El tiempo avanzaba, pero el papel aún debía ser protegido. Pero antes de que pudieran comenzar a trazar un plan, la puerta se abrió inesperadamente, y la figura del líder apareció, con la mirada llena de furia.

—No han escapado aún —dijo, dejando claro que su búsqueda los había llevado hasta allí una vez más. La sombra de su figura se cernía sobre ellos, y la incertidumbre se posaba sobre sus corazones.

¿Lograrían una vez más hacer frente al peligro y mantener la verdad a salvo, o el ataque de la corrupción los atraparía en sus propias trampas? La lucha por la justicia apenas comenzaba a tomar forma, y el futuro permanecía incierto.




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