Renata había aprendido a leer las miradas antes de que se convirtieran en palabras.
Sabía cuándo despertaba admiración, cuándo curiosidad y cuándo una silenciosa envidia. Esa lectura fina era parte de su estrategia.
Con Sebastián, la gente la observaba distinto. No como acompañante, sino como alguien que pertenecía. Las miradas se detenían un segundo más. Las conversaciones bajaban el tono cuando ella pasaba. Y esa validación, discreta pero constante, funcionaba como una recompensa.
No necesitaba que la quisieran.
Le bastaba con que la reconocieran.
En reuniones y eventos, Renata sonreía con naturalidad estudiada. Respondía con frases precisas, nunca de más, nunca de menos. Sabía cuándo callar y cuándo hablar. Y cada vez que alguien asentía, cada vez que alguien la incluía sin cuestionarla, sentía que su lugar en ese mundo se consolidaba un poco más.
Pero esa misma mirada que la elevaba también la vigilaba.
Renata lo notó una noche, mientras sostenía una copa entre los dedos y alguien preguntó, con aparente inocencia, demasiado sobre su vida. Nada explícito. Nada directo. Solo el tipo de interés que no busca conocer, sino confirmar.
Por primera vez, sintió que la imagen que había construido comenzaba a exigirle coherencia. No podía fallar. No podía improvisar. No podía desaparecer.
La admiración es exigente.
La validación también cobra.
De regreso a casa, Renata se miró en el reflejo del ascensor. La mujer que le devolvía la mirada parecía segura, completa, deseable. Nadie habría sospechado el vacío que sostenía todo aquello.
Entendió entonces que no solo se dividía entre dos hombres.
También se dividía entre lo que era y lo que los demás necesitaban que fuera.
Y, aun así, prefirió sostener la mirada ajena antes que enfrentarse a la propia.