Renata no mentía por impulso.
Mentía por orden.
Cada mentira tenía un propósito claro: sostener el equilibrio, evitar preguntas, ganar tiempo. No improvisaba. Ajustaba la verdad como quien corrige una estrategia antes de ejecutarla.
Con Daniel, las mentiras eran pequeñas. Horarios movidos, explicaciones simples, silencios disfrazados de cansancio. No necesitaba inventar demasiado. Él confiaba. Y esa confianza era, paradójicamente, lo que hacía más fácil mentirle.
Con Sebastián, en cambio, la mentira era pulida. Elegante. Diseñada para reforzar la imagen que ella quería proyectar. No ocultaba; seleccionaba. Mostraba solo lo necesario. Lo útil.
Renata sabía exactamente qué versión de sí misma correspondía a cada uno. Y lo hacía sin culpa inmediata, porque había convertido el engaño en una forma de cuidado. No para ellos, sino para sí misma.
Decirse la verdad implicaría elegir.
Y elegir implicaría quedarse sola.
A veces se preguntaba cuándo había empezado todo. No el engaño, sino la certeza de que mentir era más seguro que enfrentar lo que sentía —o lo que no sentía—. Quizás fue el día en que entendió que la honestidad no siempre salva. A veces expone. A veces deja a una sin nada.
Renata no mentía para tenerlo todo.
Mentía para no perderlo todo al mismo tiempo.
Y mientras escribía un mensaje y borraba otro, mientras ajustaba una excusa que sonara natural, comprendió algo con una claridad incómoda: la mentira no era el problema.
El problema sería quedarse sin ella.