El silencio esa noche fue distinto.
No incómodo. Peligroso.
Renata dejó el bolso sobre la mesa y no encendió la música, como solía hacer. Tampoco revisó el teléfono. Se quedó de pie, en medio del departamento, como si algo la hubiera detenido desde adentro.
No pensó en Daniel.
No pensó en Sebastián.
Pensó en ella.
Era una sensación extraña, casi ajena. No tristeza, no culpa, no ansiedad. Era una claridad seca, sin emoción, como una verdad dicha sin intención de consolar.
No los amas.
La idea apareció sin dramatismo, sin escándalo. Simple. Contundente.
Renata se sirvió un vaso de agua y bebió despacio, esperando que el pensamiento se diluyera. No lo hizo. Volvió, más firme.
Con Daniel no era amor. Era costumbre, deuda, memoria.
Con Sebastián no era amor. Era proyección, ambición, validación.
Y en medio de ambos… nada.
No había pasión reprimida ni miedo a perderlos. Lo que la inquietaba era otra cosa: imaginar las noches sin mensajes, las mañanas sin rutinas, los fines de semana sin un lugar donde estar.
No era amor lo que la sostenía.
Era el ruido.
Renata se sentó en el sofá y cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no buscó una excusa, ni una explicación elegante. Se permitió pensar lo impensable: que quizá había construido todo aquello no para amar, sino para no escucharse.
Y eso la incomodó más que cualquier engaño.
Porque si no los amaba…
entonces todo lo que hacía tenía un solo sentido.
No estar sola.
Abrió los ojos y miró el techo, consciente de que ese pensamiento no cambiaría nada. Aún no. Renata no era una mujer de decisiones impulsivas. Era una mujer que observaba, calculaba, postergaba.
Pero algo había cambiado.
Ya no podía decir que no lo sabía.