Los errores no llegaron de golpe.
Llegaron en forma de detalles.
Un mensaje leído y no respondido.
Una cita agendada dos veces.
Un nombre pronunciado con un segundo de retraso.
Renata lo notó todo. Siempre lo hacía. Pero esta vez no corrigió de inmediato. Se quedó observando sus propios descuidos como quien mira una grieta aparecer en una pared que creía sólida.
Daniel preguntó, con voz tranquila, si todo estaba bien. No había sospecha, solo esa preocupación sincera que la incomodaba más que un reclamo. Renata respondió con naturalidad ensayada, pero supo que algo había cambiado: ya no mentía con la misma precisión.
Con Sebastián fue distinto. Él no preguntó. Observó. Midió silencios, respuestas, gestos. Y esa mirada atenta le recordó que en el mundo que él habitaba no había espacio para la improvisación.
Por primera vez, Renata sintió cansancio. No físico, sino mental. Sostener dos versiones de sí misma comenzaba a exigirle más energía de la que estaba dispuesta a gastar.
No era miedo a ser descubierta.
Era agotamiento de sostener algo que ya no creía necesario.
Las señales estaban ahí: la incomodidad creciente, la falta de entusiasmo, la sensación persistente de estar cumpliendo un papel que ya no la protegía como antes.
Y aun así, no hizo nada.
Renata sabía reconocer el principio del derrumbe, pero también sabía postergarlo. Porque aceptar esas señales implicaba admitir que el problema no eran ellos.
Era ella.
Y enfrentar eso seguía siendo más aterrador que cualquier consecuencia externa.