Daniel estaba ahí, en su lugar habitual del café donde solían encontrarse los fines de semana. No hacía preguntas incómodas, no forzaba confesiones. Solo estaba presente, como siempre, y eso era suficiente para que Renata recordara quién había sido.
Su presencia era un ancla, y los recuerdos vinieron como oleadas: tardes largas de risas tímidas, promesas susurradas en secreto, decisiones tomadas con ingenuidad y confianza. Recordó la versión de ella que existía antes de calcular, antes de proyectar, antes de dividirse para no quedarse sola.
Cada recuerdo era un espejo que la devolvía a alguien que ya no existía. Y, sin embargo, ahí estaba ella, cumpliendo con esa persona a medias, sosteniendo una relación que no amaba pero que no podía abandonar.
Daniel la miró con suavidad:
—Hace tiempo que no reíamos así —dijo, sin reproches, sin dramatismo.
Renata sonrió, breve, controlada.
—Sí, hace tiempo —respondió—. Todo cambia, supongo.
Y mientras él hablaba de cosas triviales, de rutina, de proyectos que ella ya no compartía, Renata sentía el peso de la culpa, no por lo que hacía, sino por lo que dejaba de ser. La versión de ella que había amado, que había confiado, que había prometido… aún existía en algún rincón de su memoria. Y Daniel era el recordatorio silencioso de ese pasado.
Cuando se levantó para marcharse, Renata comprendió algo con claridad dolorosa: no podía escapar de él sin enfrentar la deuda de su propia historia. Y aunque avanzara hacia su mundo con Sebastián, aunque proyectara poder y ambición, siempre habría un lugar donde la culpa la esperaba.
Porque algunos recuerdos no mueren.
Solo aprenden a caminar a tu lado, recordándote quién eres y quién dejaste de ser.