Renata siempre había entendido el poder como una herramienta, nunca como una emoción. No lo deseaba; lo utilizaba. O al menos eso se decía a sí misma.
Pero esa noche, sentada junto a Sebastián en un espacio donde todo parecía diseñado para imponer presencia —luces tenues, conversaciones medidas, copas que no se vaciaban del todo—, sintió algo distinto. No era amor. Era atracción. No hacia él, sino hacia lo que representaba.
Sebastián se movía con naturalidad entre personas influyentes, tomaba decisiones sin elevar la voz, abría y cerraba puertas con una simple frase. Y Renata, observándolo, comprendió por qué le resultaba tan difícil alejarse de ese mundo.
Allí no había culpa.
No había pasado.
Solo proyección.
A su lado, Renata se sentía validada, visible, importante. No por quién era, sino por quién podía llegar a ser. Y esa promesa tenía un peso adictivo.
—Tienes todo para llegar lejos —le dijo Sebastián, sin mirarla directamente—. Solo necesitas decidirte.
La frase quedó suspendida entre ambos. Renata sonrió, consciente de que esa decisión no se limitaba a lo profesional. El poder siempre exigía algo a cambio, y ella lo sabía mejor que nadie.
Mientras lo escuchaba hablar de futuros posibles, sintió cómo la atracción por ese mundo eclipsaba momentáneamente cualquier duda. No importaba el cansancio, ni las mentiras, ni los riesgos. El poder tenía esa capacidad: hacía que todo pareciera justificable.
Por un instante, Renata se permitió creer que ese camino podía salvarla del vacío. Que la ambición podía ocupar el lugar de lo que no sentía.
Pero incluso allí, rodeada de promesas y proyecciones, una verdad silenciosa la acompañaba:
El poder atrae, sí.
Pero nunca llena.
Y aun sabiendo eso, Renata no se levantó de la mesa.