Renata siempre había sabido moverse entre personas. Sabía qué decir, qué callar, cuándo acercarse y cuándo desaparecer. Las amistades, para ella, eran redes; las enemistades, riesgos calculados.
Con Sebastián, el círculo social era una extensión del poder. Gente que observaba, que evaluaba, que recordaba detalles. Renata notó miradas nuevas, comentarios aparentemente inocentes, preguntas que parecían casuales. Nadie la confrontaba, pero todos parecían saber más de lo que decían.
Una mujer la observó con detenimiento una noche, midiendo cada gesto. Un hombre comentó algo sobre horarios, sobre presencias repetidas en lugares inesperados. Renata sonrió, respondió con elegancia, pero entendió el mensaje: no todos eran aliados.
En el mundo de Daniel, las cosas eran distintas. Las amistades eran antiguas, sinceras, y por eso mismo peligrosas. Gente que conocía su historia, que había visto crecer la relación, que notaba cambios sin necesidad de explicaciones. Una amiga hizo un comentario al pasar, algo sobre lo diferente que estaba Renata últimamente.
—Estás… distante —dijo, con una sonrisa cuidadosa—. Como si vivieras en otro lugar.
Renata respondió con ligereza, pero la observación quedó flotando. Las personas que te quieren no necesitan pruebas; sienten.
Esa noche, Renata comprendió que no podía controlar todas las percepciones. Las amistades podían volverse espejos incómodos, y las enemistades, amenazas silenciosas. Su doble vida ya no era solo un asunto personal; estaba empezando a afectar el tejido que la rodeaba.
Y cuando los demás empiezan a notar incoherencias, el margen de maniobra se reduce.
Renata volvió a casa con una certeza incómoda:
no todos los que sonríen están de su lado,
y no todos los que guardan silencio lo hacen por lealtad.