Las preguntas no llegaron de golpe.
Aparecieron en los momentos más silenciosos, cuando no había nadie a quien complacer ni estrategia que ejecutar.
Renata empezó a escucharlas mientras se vestía frente al espejo, mientras caminaba sola, mientras el teléfono permanecía en silencio sobre la mesa. Eran preguntas simples, casi ingenuas, y por eso mismo insoportables.
¿Qué pasaría si me quedo sola?
¿Quién soy cuando no le debo nada a nadie?
¿A quién elegiría si no tuviera miedo?
No buscaba respuestas. Las evitaba. Porque responder implicaba renunciar a algo, y Renata aún no sabía a qué estaba dispuesta a perder.
Pensó en Daniel y no sintió amor.
Pensó en Sebastián y no sintió entrega.
Pensó en sí misma y sintió vértigo.
Había construido su vida para no enfrentarse al vacío, y ahora ese vacío se presentaba como una posibilidad inevitable. No como amenaza, sino como pregunta abierta.
Renata se dio cuenta de que nunca se había preguntado qué quería realmente. Solo había decidido qué le convenía, qué la protegía, qué la mantenía acompañada. Vivir así había sido eficiente, pero también limitante.
Esa noche, dejó el teléfono boca abajo y apagó las luces. No llamó a nadie. No explicó nada. Se permitió no responder, no decidir, no actuar.
Por primera vez, Renata no usó el control para escapar.
Usó el silencio para escucharse.
Y aunque aún no tenía respuestas, supo que las preguntas ya no podían ignorarse para siempre