Renata despertó sin alarma.
El silencio de la mañana se sintió distinto, menos amenazante. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía un plan inmediato que cumplir ni una versión que sostener.
Decidió no seguir la rutina.
No llamó a Daniel para confirmar el encuentro habitual. No respondió el mensaje de Sebastián que esperaba una respuesta rápida. Dejó el teléfono sobre la mesa y salió sin rumbo fijo, sin agenda, sin justificación.
Caminar sin objetivo le resultó extraño. Incómodo. Como si el mundo esperara que ella se explicara. Pero nadie lo hizo. Y en esa ausencia de exigencias, Renata sintió algo cercano a la libertad.
Se sentó en un parque, observó a la gente pasar, escuchó conversaciones ajenas que no le incumbían. Nadie la evaluaba. Nadie esperaba nada de ella. Y eso, lejos de asustarla, la alivió.
Pensó en todas las veces que había confundido rutina con estabilidad. En cómo había usado los hábitos y las presencias para evitar el silencio. Y comprendió que romper la rutina no era huir: era interrumpir el automatismo.
Renata respiró profundo. No había tomado una decisión definitiva. No había finales. Pero había hecho algo nuevo: había elegido no cumplir.
Y ese pequeño acto, aparentemente insignificante, marcó una grieta irreversible en la vida que había construido.
Romper la rutina no la dejó sola.
La acercó, por primera vez, a sí misma.