Renata siempre había creído que elegir era decidir entre opciones visibles. Personas, caminos, futuros posibles. Pero esa mañana entendió que la elección más difícil no se mostraba con claridad.
No había nadie frente a ella exigiendo una respuesta.
No había plazos ni ultimátums.
Solo estaba ella… y la posibilidad de no volver atrás.
El momento llegó sin ceremonia. Mientras ordenaba su departamento, encontró objetos que ya no tenían lugar: recuerdos que no dolían, pero tampoco significaban. Los sostuvo un instante y los dejó ir. No con tristeza, sino con honestidad.
Renata se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos. Pensó en lo fácil que sería volver a lo conocido. Retomar una llamada, aceptar una invitación, reconstruir una versión funcional de sí misma. Siempre había sido buena en eso.
Pero también sabía el costo.
Elegir quedarse consigo misma significaba enfrentar días vacíos, silencios largos, preguntas sin respuesta inmediata. Significaba no usar a nadie como ancla. No esconderse en la culpa ni en la ambición.
La elección no fue heroica.
Fue íntima.
Renata eligió no volver a dividirse.
Eligió no usar el amor como refugio.
Eligió el vacío como punto de partida, no como condena.
Se levantó despacio. No sintió alivio inmediato ni certeza absoluta. Sintió algo más real: coherencia. Por primera vez, su vida interna y externa no estaban en conflicto.
El momento de elección no cambió el mundo.
Cambió su forma de habitarlo.
Y aunque el camino que se abría era incierto, Renata supo que ya no caminaba desde el miedo, sino desde una verdad que, por fin, se había atrevido a elegir.