Renata se quedó frente al espejo más tiempo del que estaba acostumbrada.
No para arreglarse.
No para evaluarse.
Solo para quedarse.
El reflejo no ofrecía consuelo ni respuestas. Mostraba a una mujer sin distracciones, sin roles, sin historias que contarle a nadie. Y en ese reflejo, el vacío ya no se escondía.
Era evidente.
Renata respiró hondo. El silencio no era hostil, pero tampoco amable. No había nada que la sostuviera desde afuera. Ninguna mirada que la validara. Ninguna expectativa que cumplir.
Solo ella.
Por primera vez, no intentó llenarlo. No buscó razones, ni promesas, ni futuros posibles. Se permitió sentir el hueco tal como era: frío, amplio, incómodo.
Y entonces entendió algo esencial.
El vacío no era señal de falta.
Era señal de espacio.
Un espacio que nunca se había permitido habitar porque siempre había estado ocupado por alguien más. El espejo no la acusaba. La invitaba.
Renata apoyó la mano sobre su propio pecho. Sintió el latido firme, real. No era felicidad, pero era vida. No era amor, pero era presencia.
Ese vacío frente al espejo no la anulaba.
La esperaba.
Y aunque no sabía aún qué iba a construir ahí, supo que por primera vez ese espacio le pertenecía.
Se alejó del espejo sin prisa. No estaba completa. Tampoco rota. Estaba abierta.
Y eso, para Renata, era un comienzo.