Renata siempre había dicho que temía quedarse sola.
Lo que nunca había dicho era qué era lo que realmente temía.
No era la ausencia de personas.
Era la ausencia de ruido.
La soledad llegó sin dramatismo. Se instaló en las mañanas silenciosas, en las noches sin mensajes, en los fines de semana sin planes que justificar. No la atacó; la rodeó.
Al principio dolió.
No como una herida, sino como una exposición.
Renata se dio cuenta de cuántas veces había usado a otros para no escucharse. Para no enfrentar pensamientos que ahora aparecían sin filtro. La soledad no le ofrecía distracciones, solo presencia.
Hubo momentos de angustia. Instantes breves en los que el impulso de volver a lo conocido aparecía con fuerza. Llamar, escribir, ocupar un lugar que ya no le pertenecía. Pero no lo hizo.
Se quedó.
Y en esa permanencia incómoda, algo empezó a cambiar.
La soledad que temía no la destruyó. La desarmó. Quitó capas, defensas, versiones diseñadas para agradar o sobrevivir. Lo que quedó fue una mujer cansada, honesta, suficiente.
Renata entendió que la soledad no era el castigo que había imaginado. Era un umbral. Un espacio donde nada la distraía de sí misma.
No era libertad aún.
Pero tampoco era abandono.
Era aprendizaje.
Y aunque seguía dando miedo, Renata supo que ya no podía volver atrás.
Porque la soledad que temía…
no era su enemiga.