La reconciliación no llegó como un momento claro.
Llegó como una suma de pequeños gestos.
Renata empezó a tratarse con una paciencia que nunca se había permitido. Dejó de exigirse explicaciones inmediatas, dejó de medirse con versiones pasadas de sí misma. Ya no se preguntaba en qué había fallado, sino qué estaba aprendiendo.
En la soledad, comenzó a escucharse sin juicio. Reconoció a la mujer que había sido: estratégica, fría, calculadora… y entendió que esas cualidades no habían nacido del vacío, sino de la necesidad de protegerse. No se odió por eso. Se comprendió.
Renata se permitió perdonarse por haber confundido compañía con amor. Por haber usado vínculos como refugio. Por no haber sabido antes lo que ahora sabía. El perdón no fue una absolución, fue un descanso.
Frente al espejo, ya no buscó defectos ni verdades duras. Vio continuidad. Vio a alguien que había sobrevivido como pudo y que ahora elegía vivir de otra manera.
La reconciliación no borró el pasado.
Lo integró.
Renata aceptó que no necesitaba ser distinta para merecer calma. Solo necesitaba ser honesta. Con sus límites. Con sus miedos. Con su forma de sentir.
Esa noche, se acostó sin la urgencia de llenar el silencio. El vacío seguía existiendo, pero ya no era hostil. Era un espacio habitado por ella misma.
Reconciliarse no la hizo invulnerable.
La hizo entera.
Y por primera vez, Renata no necesitó a nadie para sentirse acompañada.