Meses después, Renata caminaba por la ciudad sin prisa.
La gente seguía corriendo, los mensajes llegaban, las expectativas existían… pero ella ya no se movía al ritmo de nadie más que del suyo propio.
El espejo ya no era un juez ni un enemigo. Era un compañero silencioso que le devolvía la certeza de quién era, con todo lo que había aprendido. Cada línea, cada gesto, cada cicatriz interna se había convertido en una señal de resistencia y crecimiento.
Había dejado atrás a quienes había amado por necesidad, y había encontrado algo más difícil: amarse a sí misma sin excusas ni máscaras. La soledad ya no era temor, sino espacio para construir, sentir y elegir.
Renata comprendió que la vida no se trataba de llenar vacíos con otras personas. Se trataba de mirar el vacío de frente, sostenerlo y descubrir que dentro de él podía florecer lo auténtico.
Al final, no había necesidad de justificar lo que había hecho ni de pedir perdón por lo que sentía. Cada decisión, cada error, cada mentira que había sostenido, la había llevado hasta allí:
a un lugar donde podía existir completa, consciente y libre.
Y mientras el sol caía sobre la ciudad, Renata sonrió. No por felicidad ligera, ni por romance. Sonrió por libertad, por verdad, por la certeza de que finalmente estaba en paz consigo misma.
Porque amar lo que no es amor le había enseñado la lección más grande:
a quererse primero, a vivir sin máscaras, y a no temer nunca más al vacío.