El calor de Mogadiscio no es como el calor de otros lugares.
No llega de golpe ni avisa. Se instala despacio, desde antes del amanecer, como alguien que conoce la casa y sabe exactamente dónde sentarse. A las seis de la mañana el aire ya pesa. A las nueve ya es una presión física sobre los hombros, sobre los párpados, sobre el pecho. Los que vienen de afuera lo describen como si fuera lo más notable del lugar. Los que nacimos aquí aprendemos a no nombrarlo, de la misma manera que no se nombra el hambre cuando no hay manera de resolverla.
Yo llevaba veintidós años sin nombrarlo.
Me llamo Idris. Trabajo como mediador cultural para una ONG de emergencia médica instalada en el antiguo barrio de Hodan, en un edificio que antes fue bodega de distribución de alimentos y que ahora huele a yodo, a látex quemado y a ese polvo específico de Mogadiscio que se mete en todo y no sale nunca del todo. Mi trabajo, en teoría, es traducir. Del somalí al inglés, del inglés al somalí, del italiano al inglés cuando llega algún equipo nuevo. En la práctica, mi trabajo es otra cosa: es leer la sala antes de que alguien hable. Es saber qué anciano del clan necesita ser tratado con qué clase de respeto. Es conocer qué calles no cruzar un martes después de las cuatro, qué barrio evitar cuando hay partido de fútbol porque el fútbol aquí a veces termina bien y a veces no. Es ser el espacio entre dos idiomas, entre dos mundos, entre la urgencia de los médicos y la desconfianza legítima de la gente que llega al hospital con sus muertos y sus casi-muertos y sus miradas que preguntan ¿por qué deberíamos fiarles a ustedes lo que más queremos?
Eso es lo que hago. Lo que he hecho durante dos años.
Matteo llegó en marzo.
Los médicos nuevos llegan con una de dos caras: la cara del que viene a salvar el mundo, o la cara del que ya sabe que el mundo no se salva así y de todas formas está aquí.
Matteo tenía la segunda.
Llegó con un vuelo de la ONU, de noche, con una mochila que claramente había sobrevivido más viajes que él en su estado actual. Tenía ojeras que no eran de ese viaje sino de mucho antes, el tipo de cansancio que ya se ha vuelto parte del rostro y no desaparece con dormir. Treinta y cinco años, cirujano pediátrico, Milano. Me lo presentó la coordinadora con la eficiencia breve de quien tiene demasiadas cosas pendientes: Idris, este es el Dr. Ferraro, te necesito como sombra suya esta semana hasta que se oriente.
Me extendió la mano. Yo se la estreché.
—Gracias —dijo en un inglés con acento que redondeaba las vocales. Voy a necesitar mucha ayuda.
No lo dijo como cumplido ni como formalidad. Lo dijo como alguien que acaba de reconocer en voz alta algo que ya sabe pero que cuesta decir. Lo miré un segundo más de lo necesario y me pareció que ahí, detrás del cansancio, había algo que todavía no se había rendido del todo.
—Yo conozco la ciudad —le dije. Usted conozca a los pacientes. Así nos repartimos el trabajo.
Asintió. Y eso fue todo.
El amor, cuando no puede llamarse por su nombre, aprende a vivir en los gestos pequeños.
Yo lo veía operar desde la sala de procedimientos, cuando no había espacio para más personas pero mi presencia era necesaria por si algún familiar preguntaba. Lo veía inclinado sobre la camilla con esa concentración suya que borraba todo lo demás, las manos moviéndose con una precisión que contrastaba con el caos de afuera, con el generador que tosía cada tanto, con el calor, con los gritos del pasillo. Las manos de Matteo dentro de los guantes de látex se movían como si supieran exactamente lo que hacían incluso cuando él dudaba en todo lo demás.
Una tarde, una mujer llegó con su hijo de cuatro años. Quemaduras en brazos y pecho, el niño en silencio, que es peor que si llorara. La mujer no hablaba, solo miraba a Matteo con esa mirada que tienen las madres cuando han agotado todos los recursos propios y están entregando lo más preciado en manos de alguien que no conocen.
Matteo se arrodilló para quedar a la altura del niño. Le habló en italiano, despacio, con una voz que no tenía nada que ver con la urgencia de los procedimientos. El niño no entendía las palabras pero entendió el tono y aflojó los hombros un milímetro.
Yo traduje lo que la madre necesitaba escuchar. Pero lo que vi ahí, en la manera en que Matteo puso su mano enguantada sobre la cabeza del niño antes de empezar, eso no necesitaba traducción.
Esa noche, en el almacén de suministros, mientras yo ordenaba el inventario del día y él llenaba el parte médico que nadie tenía tiempo de hacer durante las horas de trabajo, me dijo sin levantar la vista del papel:
—¿Cómo aguantas esto todos los días?
—¿Aguantar qué?
—Ver tanto y no poder cambiar más.
Lo pensé un momento.
—Es que no vine a cambiar nada —le dije. Vine a ayudar a que las cosas duelan un poco menos mientras duran. Es distinto.
Me miró entonces. Levantó los ojos del papel y me miró de una manera que no era la mirada del médico ni la del colega ni la del hombre cansado que llegó en marzo con sus ojeras antiguas. Era otra mirada. Una que reconocí porque yo llevaba semanas guardando la misma.
No dijimos nada más esa noche.
Pero el silencio entre nosotros cambió de forma.
El almacén de suministros era un cuarto sin ventanas en la parte trasera del edificio, con estantes metálicos que iban del suelo al techo y una sola bombilla que colgaba del centro y que parpadeaba cada vez que el generador cambiaba de ritmo. Olía a plástico sellado, a desinfectante, a ese olor particular del cartón húmedo que es el olor de las emergencias humanitarias en todo el mundo.
Empezamos a quedarnos ahí.
Primero con pretextos: el inventario, los partes médicos, la logística de la siguiente semana. Luego sin pretextos, o con pretextos tan delgados que los dos sabíamos que eran solo la forma cortés de decir quiero estar aquí, contigo, donde nadie nos vea.