Amar no es pecado

Poemas en la Península Malaya

En Penang, donde el mar se mezcla con el olor a incienso y a fideos fritos de los puestos callejeros, vivía Lee Faiz. Tenía veinte años, la piel clara como el papel de arroz y el cabello castaño oscuro le caía a media melena, siempre un poco despeinado por el viento del estrecho. Era delgado, de manos largas y nerviosas que nunca dejaban de moverse: cuando no sostenían un lápiz, tamborileaban sobre cualquier superficie, como si su cuerpo entero necesitara escribir aunque su mano estuviera vacía.

Trabajaba por las tardes en una pequeña librería de Armenian Street, entre los murales de bicicletas pintadas y los edificios de fachadas color pastel que se descascaraban con dignidad. Por las mañanas escribía. Poemas cortos, cuentos que nadie le había pedido, cartas que nunca enviaba. Publicaba algunos, con un seudónimo, en una revista literaria local que casi nadie leía, pero que él amaba como se ama lo único propio que uno tiene.

Lee no hablaba mucho de sí mismo. Guardaba un secreto que en su tierra no tenía nombre permitido: amaba de una manera que la ley de su país consideraba un crimen. Lo sabía desde los quince años, cuando entendió que su corazón no seguía el camino que se esperaba de él. Lo escribía en metáforas, lo escondía entre versos sobre el mar y la lluvia, para que nadie —ni siquiera él mismo, algunas noches— tuviera que decirlo en voz alta.

Santhiran tenía treinta años y llegaba a George Town cada dos semanas, desde las plantaciones de té de Cameron Highlands, donde su familia cultivaba las laderas verdes desde hacía generaciones. Era alto, de piel morena y ojos serenos, de esos que parecen haber visto llover muchas veces sobre las mismas colinas. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, cada palabra parecía haber sido elegida con el mismo cuidado con que se recogen las hojas de té más tiernas.

Entraba siempre a la misma librería. Compraba poco, pero se quedaba largo rato, hojeando revistas, sentado junto a la ventana por donde entraba la luz húmeda de la tarde. Lee lo observaba de reojo, fingiendo ordenar estantes que ya estaban ordenados.

Un día, Santhiran le preguntó por un poema publicado sin firma en la revista que tenía entre las manos.

—¿Sabes quién lo escribió? —preguntó, señalando unos versos sobre un jardín que nunca florece a la luz del día.

Lee sintió que el pecho se le encogía.

—Lo escribí yo —confesó, sorprendido de sí mismo por decirlo tan rápido.

Santhiran sonrió, apenas, como quien encuentra algo que llevaba tiempo buscando sin saberlo.

—Llevo meses leyéndote —dijo—. Sin saber tu cara. Ahora tiene sentido.

Desde ese día, cada visita de Santhiran a Penang se convirtió en una cita silenciosa entre estantes de libros. Hablaban de té, de lluvia, de las tierras altas donde la niebla se enreda entre los arbustos como algodón. Lee empezó a esperar esas dos semanas con una ansiedad dulce que no sabía nombrar del todo, aunque en el fondo lo sabía perfectamente.

Una noche de octubre, con el cielo cargado de humedad, Lee escribió un poema para Santhiran. No lo escribió con metáforas esta vez: escribió su nombre, escribió sus manos, escribió la manera en que la voz de aquel hombre lo hacía sentir, por primera vez, que no estaba solo en el mundo. Lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta, decidido a entregárselo en su próxima visita.

Pero el destino, que a veces es cruel incluso antes de mostrar toda su crueldad, quiso que el papel se perdiera. Tal vez se le cayó en el trishaw que tomó esa mañana, tal vez el viento del muelle se lo arrancó del bolsillo mientras caminaba junto al mar. Lee revisó cada rincón, cada calle que había recorrido, con el corazón latiéndole en la garganta. El poema —el más honesto que había escrito jamás— había desaparecido.

Cuando Santhiran llegó esa tarde, Lee no tenía nada en las manos, solo el temblor de su propia voz.

—Te escribí algo —dijo, mirando al suelo—. Lo perdí. Pero te lo voy a decir de todas formas, porque si no lo digo ahora, creo que no voy a poder decirlo nunca.

Y ahí, entre los estantes de la librería, con la lluvia empezando a golpear el techo de zinc, Lee dijo en voz alta lo que había escrito en el papel perdido. Le dijo que lo quería. Que lo había querido desde la primera tarde en que lo vio leer un poema suyo sin saber que era suyo.

Santhiran guardó silencio un instante largo, y luego tomó las manos nerviosas de Lee entre las suyas para que, por una vez, dejaran de temblar.

—Yo también —dijo—. Hace tiempo que te quiero. Empecé a leerte antes de conocerte, y después no pude dejar de hacer las dos cosas a la vez.

Esa misma noche, Santhiran llevó a Lee a Batu Ferringhi, la playa al norte de la isla, donde las luces de los hoteles se apagan temprano y el mar queda a solas con quien quiera mirarlo. Caminaron descalzos sobre la arena tibia, con las olas rozándoles los tobillos, hablando de todo lo que no habían podido decirse entre libros y clientes.

Santhiran le contó sobre Cameron Highlands: los campos de té que parecen olas verdes congeladas, la neblina que baja cada tarde como una cortina, el frío que en esas montañas se siente distinto al calor pegajoso de la costa. Le prometió que algún día lo llevaría, que caminarían entre los arbustos de té al amanecer, cuando las hojas todavía guardan el rocío.

—Quiero escribir sobre eso —dijo Lee—. Sobre un lugar donde no tenga que esconder lo que escribo.

Santhiran no respondió con palabras. Se acercó despacio, como quien no quiere asustar algo frágil, y lo besó bajo la luna llena que se reflejaba fragmentada sobre el mar. Fue un beso breve, tembloroso, cargado de todo lo que ambos habían callado durante meses. Para Lee, fue como si el poema perdido hubiera regresado, escrito ahora no en papel, sino en la piel.

Se despidieron tarde, con la promesa silenciosa de verse pronto, de seguir construyendo algo que, en cualquier otro lugar del mundo, habría sido simplemente amor.




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