Amarás la noche

Capítulo 3: Ecos en la sangre.

La mansión estaba quieta, como siempre al atardecer. Y Lucien acababa de despertarse del sueño de los nocturnos.

Desde la penumbra de su estudio, envuelto en un batín de terciopelo, observaba el retrato sobre el piano. Nadie lo visitaba, nadie hablaba de ella. Pero él, cada noche, al regreso de su vigilia, se sentaba frente a esa imagen y se dejaba devorar por los recuerdos unos minutos. Solo había dos fotos de ella en la casa. En su despacho y en la habitación del niño.

Ella.
Su Elaine.

La había conocido en Florencia, en una exposición de arte contemporáneo que nada tenía de su mundo. Estaba desubicado, molesto, vigilando unas inversiones del Consejo, cuando la vio. No tenía nada de extraordinario. No era la más bella. Ni la más elegante. Pero reía con una sinceridad desarmante y se expresaba como si no tuviera miedo de estar viva.

Eso lo fascinó.

Elaine Merini era historiadora del arte, con una pasión desbordante por lo efímero. Decía que el arte verdadero no debía durar para siempre, que su valor radicaba en su desaparición. Lucien, que era eterno, la escuchaba hablar del tiempo con una mezcla de dolor y deseo. Aquello que para ella era una bendición, la finitud, para él era un castigo, un recordatorio de que todo se iba y él se quedaba.

La amó con un hambre nueva. No la devoró como había hecho con otras. No la poseyó como se esperaba de un depredador. Se dejó consumir, aprendió a amar como un hombre, no como un monstruo.

Y ella, lo eligió a pesar del frío en su piel, a pesar de poder darle solo las noches, a pesar del Consejo que murmuraba en las sombras y lo advertía con su silencio.

Mathias nació en primavera.

Lucien recordaba el aroma de las lilas afuera, el crujido del piso de madera bajo los pasos de la comadrona humana, el leve temblor en sus dedos cuando sujetó por primera vez al niño. No lo podía creer. Aquella criatura de carne cálida, que lloraba con la furia de lo vivo, era su hijo.

Elaine lo había mirado con los ojos húmedos, la frente sudada y el cuerpo exhausto.

—Tiene tus ojos —susurró.

Lucien no respondió. No podía hablar. Lo tenía todo. La mujer que había elegido, el hijo que nunca pensó tener, una vida en fuga constante, sí, pero real. Sólida. Brillante, aunque fuera breve.

Elaine no murió por él, pero nunca se sintió tan culpable de nada. Murió dos años después de conocerla, cuando Mathias acababa de cumplir uno, una tarde común, bajo la lluvia, en un accidente estúpido y humano. Un coche descontrolado. Un cruce mal calculado. Una muerte sencilla. Indiferente. Como si el destino se burlara de su poder.

Lucien llegó tarde. Demasiado tarde. Por su condición. Por el maldito sol.

Y aunque no culpó al mundo, ni a los humanos, ni a los suyos, algo en él se cerró para siempre.

Desde entonces, su noche fue más larga. Y Mathias su único motivo de alegría, y a la vez, el recuerdo más doloroso.

***

En el jardín, Camila avanzaba despacio, llevando de la mano a Mathias, que miraba las hojas como si contaran secretos. El aire estaba impregnado del perfume húmedo del romero y la tierra. Era una de esas tardes donde la luz no llega del todo, atrapada tras una bruma suave que difumina los bordes del mundo.

El jardín era más grande de lo que había imaginado. Laberíntico, con senderos que se bifurcaban entre setos altos, fuentes cubiertas de musgo y estatuas sin rostro. Parecía abandonado, y sin embargo, cada flor parecía crecer con una disciplina casi sobrenatural. Como si alguien, o algo, cuidara de él cuando nadie miraba.

—¿Te gusta venir aquí? —preguntó Camila, agachándose a su altura.

Mathias asintió, pero no sonrió. Señaló una fuente antigua con forma de serpiente alada.

—Mamá me trajo una vez —dijo, con esa voz bajita que usaba para contar cosas que dolían.

Camila sintió un nudo en el pecho. Aún no sabía nada de la madre. Solo intuiciones. El vacío era demasiado definido. No se hablaba de ella. No había fotografías en las paredes. Solo un silencio cuidadosamente esculpido. Y el niño no era quién para resolverle las dudas.

—Caliente. —Murmuró Mathias.

Camila parpadeó.

—¿Cómo?

—Papá es frío. Mamá era caliente, como tú.

Ella sonrió intentando ocultar la tristeza.

—Oh, es verdad, tu papá tiene las manos frías ¿verdad?

Siguieron caminando por un sendero de grava, hasta un banco de piedra bajo un árbol. Camila se sentó. Mathias, en cambio, se quedó de pie, mirando hacia la espesura del jardín con los ojos entrecerrados.

—¿Hay alguien más aquí? —preguntó de pronto el niño.

Camila giró la cabeza. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿A qué te refieres?

—Escuché pasos.

Ella frunció el ceño. Se quedó muy quieta. Nada. Solo el sonido de las hojas movidas por la brisa. Ni un crujido, ni una voz. Pero entonces lo sintió. No fue un ruido, sino una sensación. Como si la piel de su espalda supiera algo que ella no. Como una mirada clavada desde algún punto del jardín. Invisible, pero densa.

Se puso de pie y tomó a Mathias en brazos.

—Ya basta por hoy —dijo, intentando sonar despreocupada—. Vamos a leer algo bonito. Además, mira que hora es, seguro que tu papá ha acabado de trabajar y está deseando verte.

No miró atrás. No quería confirmar nada. Avanzó, luchando contra el impulso de correr.

Pero mientras se alejaba, sintió que algo se replegaba entre los árboles. Algo que no debía estar allí. Algo que los había estado observando.

Desde su estudio, Lucien levantó la vista del retrato. Su cuerpo se tensó un instante, aunque no sabía por qué. El atardecer acababa de empezar, y algo en el jardín lo llamaba. Sintió una punzada en el centro del pecho.

Se puso de pie. Caminó hacia el ventanal.
Solo neblina.
Solo árboles.
Solo sombras.

Pero algo se había movido.
Y él lo había sentido.




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