La noche era un animal inmenso y silencioso, enroscado sobre la mansión Delacroix. Afuera, el viento agitaba las copas de los árboles y arrastraba susurros de hojas muertas. Dentro, cada sombra parecía latir con una vida secreta. Camila, insomne tras tratar de dormir por un buen rato, no encontraba descanso en su propia cama. Algo la impulsaba a levantarse, a deambular, y despejar la mente.
Se puso una bata ligera sobre el camisón y, unas zapatillas de andar por casa. No llevaba linterna ni móvil; la casa estaba hecha para orientarse de noche. Unos pocos apliques de luz cálida, más sugeridos que reales, señalaban el camino hacia la biblioteca.
No había entrado nunca sola después del atardecer. Lucien parecía pasar mucho tiempo ahí cuando Mathias dormía, pero a esa hora ella intuyó que ya estaría dormido.
La puerta, de roble tallado y herrajes de latón, se abrió con un susurro apenas audible. Dentro, la biblioteca se extendía como una catedral secreta. Estanterías hasta el techo, repletas de volúmenes encuadernados en cuero, papiros, códices y primeras ediciones. Un olor a polvo y madera vieja, a misterio y a promesas incumplidas, impregnaba el aire. Las cortinas pesadas, apenas entreabiertas, dejaban entrar una porción de luna, suficiente para iluminar los lomos dorados de los libros.
Camila avanzó descalza sobre la alfombra, pasando los dedos por los lomos de las obras como quien acaricia piel antigua. Cada libro era una promesa de escape, una grieta por donde asomarse a la vida de otro. Pensó en Mathias, tan solitario en su mundo, en Lucien, tan cautivo del pasado, y en ella misma, sintiéndose tan ajena del mundo.
Sacó un libro al azar. Shakespeare, en francés. Lo hojeó, apenas entendiendo algunas palabras, atraída más por la cadencia de los versos que por su sentido. Un crujido suave la hizo volver la cabeza.
Lucien estaba allí. No lo había oído entrar. No supo cuánto tiempo llevaba observándola desde el umbral, con la sombra mordiéndole el rostro, y los ojos azules brillando a la luz de la luna.
—No podía dormir —dijo ella, apenas en un susurro, sintiendo cómo el corazón le latía en la garganta.
—No se preocupe, es libre de entrar aquí a la hora que desee —respondió él, avanzando despacio. No vestía de forma grandilocuente, solo pantalones oscuros y una camisa blanca, desabotonada en el cuello. Iba descalzo además. Camila nunca lo había visto tan informal.
La miró de arriba abajo, con una intensidad que era casi una caricia.
—¿Le gustan los libros?
—Siempre —admitió ella—. Son mi única adicción.
Lucien sonrió con la boca levemente, pero los ojos le ardieron un instante.
—Aquí encontrará más historias de las que podría soportar una vida humana.
Camila lo observó. Había algo más allá del magnetismo físico, que era innegable, algo que rozaba lo peligroso. La forma en que la distancia entre ambos se acortaba sin necesidad de movimiento. El modo en que el aire parecía densificarse, eléctrico, a cada paso de él.
Se atrevió a dar un paso más cerca, libro en mano.
—¿Tiene algún favorito?
Él se inclinó junto a ella, apoyando una mano en el estante, tan cerca que la tela de su camisa rozó el dorso de su brazo. El frío la sorprendió, un estremecimiento le recorrió la piel.
—Tengo demasiados recuerdos en cada uno. Algunos duelen. Otros... son los únicos que me quedan.
Camila sintió su aliento, su presencia como un campo magnético irresistible. La mano de Lucien seguía cerca, a la altura de su hombro, como si pudiera rodearla en cualquier momento.
—Pero me gusta mucho el Conde de Montecristo —dijo él, señalando uno de los volúmenes—. Tengo una primera edición en francés, ¿lo habla?
Camila miró a sus manos, al volumen de Shakespeare en francés, y se sonrojó. Negó con la cabeza.
—No, me temo que he cogido este por inercia. Lo siento
El soltó una exhalación que podría haber sido una risa.
—No tiene que disculparse. Lamento no poder prestarle este volumen, simplemente.
Ella bajó la mirada un momento y luego guardó silencio un instante.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo ella, con la voz apenas audible.
Lucien asintió, sin apartar la mirada.
—¿Siempre ha vivido así? ¿Tan... lejos? Tan solo. —No sabía de dónde venía la pregunta. Quizá del silencio que habitaba en él, o de la forma en que los libros eran la única compañía que parecía tolerar.
Él no respondió de inmediato. Bajó la cabeza y sus dedos rozaron sin querer la muñeca desnuda de Camila. Un roce eléctrico, frío y exquisito, que le cortó la respiración.
—La soledad —dijo Lucien, muy cerca, con la voz baja y grave— es una costumbre que termina pareciéndose al placer. A veces, incluso lo reemplaza.
La confesión, en lugar de distanciarla, la acercó aún más. El pulso de Camila era tan fuerte que sentía que podía oírse en toda la biblioteca. Sus respiraciones se entrelazaron. La luna, indiscreta, jugaba con las sombras en los rostros de ambos.
La mano de Lucien, como si actuara por voluntad propia, se deslizó hasta tocar los dedos de Camila. La caricia fue tan ligera que apenas si la sintió, pero la fuerza del deseo, de la tensión acumulada, fue abrumadora. Camila no se apartó. Se quedaron así, respirando el mismo aire, con la piel en contacto, y los ojos atrapados en la promesa de algo prohibido.
—Está temblando —murmuró él, en un tono de ternura y tristeza a la vez.
—No sé si es por frío —respondió ella, envalentonada por la honestidad del momento.
Él sonrió. Esta vez más profundo, más humano. Sus ojos descendieron a los labios de Camila, luego volvieron a subir a sus ojos. Todo era pregunta, todo era deseo, pero todo era negación también.
—Debería irse a dormir —susurró, con la voz convertida en terciopelo.
—No tengo sueño —dijo ella, firme, sintiendo el corazón en la boca.
La tensión entre ambos era tangible, como un hilo tensado a punto de romperse. Lucien, por un instante, pareció debatirse con una fuerza interior. Acercó el rostro al de ella, hasta que solo los separó un suspiro. El frío de su piel era ahora un imán, una llamada al abismo. Camila sintió la tentación de cerrar los ojos, de rendirse, de buscar su boca.