La casa de Laura era un refugio discreto, en una calle tranquila del centro, oculta tras la rutina anodina de los edificios de vecinos y el murmullo lejano del tráfico. Camila la sentía ajena, prestada, como si cada objeto, las fotos en los marcos, los libros apilados en la mesa de café, los manteles viejos, estuviera allí para recordarle que no pertenecía, que seguía siendo una fugitiva.
La segunda noche fue peor que la primera. Laura, tras consolarla, tras oír solo fragmentos de una historia increíble y a medias, huida, miedo, “alguien peligroso”, tuvo que salir por trabajo. Era enfermera y cuando le tocaba turno de noche no tenía más remedio. Dejó la nevera llena, las llaves de repuesto, mil recomendaciones y le dijo que la llamara si necesitaba la más mínima cosa. Camila se quedó sola con Mathias, que estaba mucho más irritable que el día anterior. Sospechaba que algo iba mal y cada poco lloraba queriendo ver a su padre. A Camila se le rompía el corazón.
El aire, denso de calor y de presagio, se enredó en las cortinas y en el corazón de Camila, que no lograba dormir. Caminaba por el piso en silencio, repasando mentalmente una y otra vez lo que haría si Lucien intentaba entrar. Había asegurado puertas y ventanas, bajado todas las persianas, dejado encendida una lámpara en la entrada y otra junto a la cama. Tenía el teléfono cerca y el bolso preparado.
El reloj marcó las dos de la mañana cuando el miedo se volvió real.
Primero, un crujido sordo, como si algo, o alguien, hubiera tocado el cristal del salón. Luego, el silencio, profundo, expectante. Camila se quedó quieta, con los sentidos en tensión, sintiendo el pulso desbocado. Se acercó a Mathias y lo cubrió mejor con la manta, rezando sin palabras para que todo fuera imaginación.
El segundo ruido no dejó lugar a dudas. Un golpe seco en la puerta del patio, el marco crujió. Después oyó un susurro en un idioma extraño, inhumano, como el roce de cuchillas en el aire.
Camila se levantó de un salto. Cogió a Mathias en brazos y corrió hacia el dormitorio de Laura, donde la puerta era más sólida. Cerró con el pestillo y empujó la cómoda contra el marco. Mathias, medio dormido, la miraba con ojos enormes y asustados.
—Camila… ¿qué pasa?
—Nada, mi príncipe. Solo jugamos a escondernos, ¿vale? —le susurró, y no supo de dónde sacó la calma, solo que debía protegerlo a toda costa.
Los pasos fuera del cuarto eran lentos y cuidadosos. Unos nudillos arañaron la puerta.
Una voz susurró, profunda y masculina. No era Lucien.
—Mathias, ven con nosotros. No te haremos daño, solo tienes que abrir la puerta.
Camila sintió un escalofrío que le heló la sangre. Tapó la boca del niño. Mathias temblaba, pero asintió, tapándose los oídos.
—No abras. No mires, pase lo que pase —le susurró Camila, y buscó en la cómoda cualquier objeto que sirviera como arma, un paraguas, unas tijeras, un libro pesado. Algo.
La puerta tembló bajo el primer golpe. Camila gritó, no de terror, sino de furia.
—¡Vete! ¡La policía está en camino!
La mentira no engañó a nadie. El siguiente golpe astilló la madera. Un segundo ser, una silueta más pequeña y rápida, se movió entre las sombras, y el aire se llenó de un olor a hierro y a humedad.
Camila se plantó entre Mathias y la puerta, con unas tijeras que había sacado de un cajón del tocador, levantadas, y el cuerpo erizado de adrenalina.
El primer vampiro rompió el marco y apareció en el umbral. Alto, de ojos amarillos y sonrisa cruel, el cabello largo y enredado, y la piel traslúcida bajo la luz artificial. Sus colmillos eran dos puñales brillando en la boca, y la voz, cuando habló, fue como un trueno ahogado.
—Quítate. El niño no es tuyo. Solo será un instante.
Camila no se molestó en responder, clavó las tijeras en un ojo del vampiro, con una velocidad que ni ella se esperaba.
El vampiro se la sacó como si hubiera sido una espina de una planta. El ojo le sangraba profusamente, pero no parecía importarle, y la herida parecía cerrarse por momentos.
De un solo manotazo empujó a Camila contra la pared. La mujer lo vio todo borroso, el aire se le escapó de los pulmones, pero no se rindió. Se arrastró y recogió las tijeras.
La segunda figura, una mujer de rostro afilado y ojos verdes, la boca teñida de sangre, saltó hacia Mathias, que gritó. Camila se lanzó hacia ella y el otro la interceptó.
Fue en ese instante cuando la puerta principal estalló en astillas, y un viento helado barrió la casa. Lucien apareció, hermoso y letal, con los ojos encendidos. Furioso.
En menos de un parpadeo estuvo sobre el primer vampiro, que soltó a Camila a la fuerza. Hubo un forcejeo brutal, los cuerpos chocaron contra las paredes, se oyeron gruñidos, huesos romperse. Lucien era una sombra rápida y perfecta, una criatura surgida del mito. Su fuerza no era humana, sus movimientos tenían la precisión de siglos de práctica y de dolor. Entonces vio a la otra vampira lanzarse a Mathias y Camila y Lucien dejó al otro semi inconsciente en el suelo.
La mujer intentó huir cuando lo vio abalanzarse sobre ella, pero Lucien la atrapó por el cuello, la estampó contra la ventana y, con un gesto seco, le arrancó la cabeza. Su cuerpo sufrió un proceso acelerado de descomposición que a Camila le revolvió el estómago, pero su instinto siguió siendo el de no dejar que Mathias viera nada.
El primer vampiro, herido, intentó atacar de nuevo aprovechando que Lucien estaba ocupada, pero Camila, herida, sangrando de un corte en la ceja, se interpuso una vez más, cubriendo a Mathias con el cuerpo, con más valor que pensamiento lógico.
—Cierra los ojos —dijo Camila al pequeño—. No los abras, mi vida. No los abras.
Lucien gritó su nombre, la apartó suavemente y, con una fuerza terrible, arrojó al enemigo contra la pared. Un instante después, todo era silencio.
Lucien, jadeando, miró primero a Mathias, tembloroso pero ileso en brazos de Camila, y luego a la propia Camila, que apenas podía mantenerse en pie, pero no soltaba al niño. Sus ojos se llenaron de lágrimas, de rabia, de un amor feroz.