Nota de la autora: El fragmento que vas a leer a continuación es el primer capítulo de "No nos alcanza con la eternidad". Lo incluyo ya que muchas me pidieron que incluyera la boda de Lucien y Camila. Espero que lo disfrutes y, si te gusta, le des una oportunidad a mi nuevo libro.
-Cosmos.
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La boda de Lucien Delacroix fue muy sonada en la pequeña ciudad costera e incluso en los pueblos de alrededor.
Lucien se había asegurado de que todo fuera perfecto. Un sueño para Camila.
Iván, su mejor amigo, había hecho lo imposible por encontrar el sitio de sus sueños y, como siempre, no había fallado.
La ceremonia y la celebración tendrían lugar en un castillo erguido sobre un promontorio oscuro y cubierto de hiedra, que parecía pertenecer más a la noche que al mundo. Sus torres afiladas recortaban el cielo del crepúsculo y, bajo la luz temblorosa de centenares de velas, el patio interior había sido transformado en algo solemne y exquisito, adornado de flores blancas, cristal y oro viejo.
Los jardines descendían en terrazas hacia un lago de aguas obsidiana. Habían tendido telas claras entre los arcos de piedra. Había también rosas de color marfil, lirios, candelabros y un grupo de música que tocaba melodías clásicas. Todo era elegante sin resultar ostentoso.
Iván Dubois observó el conjunto con una copa de champán en la mano y una expresión de satisfacción nada disimulada.
—No está mal, mon vieux —murmuró para sí, mirando a su mejor amigo al otro lado del patio.
Lucien estaba de pie ante el oficiante, impecablemente vestido de negro, con esa belleza melancólica que le era natural aunque aquella noche cada vez que sus ojos se posaban en Camila, toda su rigidez se transformaba en ternura.
Y Camila estaba deslumbrante, no solo por el vestido, peinado y maquillaje si no por lo feliz que parecía. Llevaba un vestido de líneas limpias, con delicados bordados que parecían haber atrapado la claridad de la luna. El velo, sujeto con flores diminutas, caía sobre sus hombros como una neblina de perlas y encaje. Parecía una princesa.
A un lado, con toda la gravedad que la ocasión merecía en su pequeño mundo, Mathias sostenía uno de los cojines con los anillos. Iba vestido con la misma sobriedad impecable que su padre, y en su rostro delicado había una concentración conmovedora. Junto a él, el pequeño Elio llevaba el otro cojín con más entusiasmo que coordinación. Cada pocos segundos parecía a punto de olvidar su misión para dejarse distraer con lo primero que brillara ante sus ojos.
Camila sonrió a ambos con una dulzura tan inmediata que Mathias enderezó un poco más los hombros y Elio casi se echó a reír.
Iván apartó la vista un instante. No le gustaba demasiado detenerse en escenas felices. Tenían la indecencia de parecer frágiles. Aun así, no podía estar más feliz por sus amigos.
Cuando Mathias avanzó primero, hubo un murmullo de emoción contenida entre los invitados. Lo siguió Elio, que estuvo a punto de soltarlo todo para correr hacia su madre. Lucien, que lo vio, suavizó la mirada con una ternura tan honesta que algunos invitados no pudieron evitar reír.
La ceremonia fue preciosa. Cada novio leyó los votos que había escrito y no contentos con llorar ellos, hicieron llorar a gran parte del público incluido Mathias, que abrazó a Camila cuando esta mencionó que tenerlo como hijo, aunque no llevara su sangre, era lo mejor que le había traído su relación con Lucien.
Iván, concentrado, ni siquiera se dio cuenta de aplaudir cuando tocaba. Se quedó observando cómo Lucien tomaba el rostro de su esposa entre sus manos, con cariño infinito, antes de besarla. Hasta las velas parecieron inclinarse hacia ellos.
Iván sonrió entonces. Aquello, pensó, era exactamente lo que Lucien había merecido siempre y la vida se había esforzado en quitarle. Algo que el propio Iván no pensaba que fuera a experimentar nunca. Él no era Lucien. Las historias de amor no estaban escritas para él.
La celebración se trasladó al gran salón del castillo, donde los ventanales ojivales se abrían a la noche y los músicos tocaban desde una galería elevada. Arañas de cristal pendían del techo como constelaciones. Las mesas, largas y vestidas de lino oscuro, estaban llenas de plata antigua y flores pálidas.
Iván era, sin duda, junto a la madre de Camila, una de las figuras centrales de la velada. Un imprescindible de los novios. Iba y venía entre grupos de invitados, recibía saludos, desviaba conversaciones inoportunas y neutralizaba tensiones antes de que nacieran.
Fue durante una discusión con un maitre que la descubrió.
Una mujer que se movía por la sala con un tipo de cautela que sólo llama la atención de quien ya está acostumbrado a mirar donde nadie más mira. Comía y bebía lo que le apetecía, e iba vestida según la etiqueta pero parecía estar esforzándose sinceramente por no molestar a nadie en un ambiente en el que todos deseaban hablar sin parar.
Su vestido, azul noche, era bonito en su sencillez. Llevaba la espalda completamente al aire, pues la prenda se sostenía solo mediante un discreto lazo al cuello. Llevaba su cabello, oscuro y frondoso, suelto sobre su espalda desnuda. Su rostro era pálido, pero no como Lucien o el propio Iván. Parecía algo cansada, aunque lo había disimulado bien con un maquillaje elegante.
A Iván no le sonaba de nada, y a él le sonaba todo el mundo en esa boda. Dejó la copa sobre una bandeja y cruzó el salón con naturalidad.
La interceptó junto a una columna de piedra, medio oculta por un arreglo de rosas blancas.
—Mademoiselle —dijo, con una sonrisa amable completamente fingida—, o es usted una amiga secretísima de los novios de la cual no he sido informado, en cuyo caso creo que mataré a alguien, o acaba usted de colarse en un evento privado.