Dicen los antiguos que el amor ablanda el brazo
y quiebra la voluntad del guerrero.
Mas yo digo: no es verdad.
He sostenido la espada cuando el mundo ardía,
he caminado entre cuerpos y cenizas,
he mirado al miedo sin bajar la vista;
y aun así fue tu nombre
el que me enseñó a no caer.
Si este cuerpo ha de detenerse,
si mis pasos han de cesar
y mi sangre aprender la quietud de la piedra,
que sea en este lugar,
donde tu sombra me cubre
y no me hiere.
Si he de convertirme en estatua,
que así sea.
Pues si dejar de amarte es salvación,
acepto el juicio del mármol.
Mejor es el frío eterno
que un latido separado del tuyo.
Que los siglos pasen.
Que los reinos se desvanezcan.
Yo he elegido permanecer.