Dicen que todo lo que perdura
está destinado a romperse.
Yo elegí lo contrario.
Cuando el mundo señaló el castigo
y cerró sus caminos,
no pedí absolución
ni reclamé justicia.
Solo di un paso hacia ti,
llamé hogar a la condena
y pedí estar contigo dentro de ella.
Si este cuerpo ha de endurecerse,
si mis pasos han de cesar
y mis sombras quedar inmóviles,
que aquí sea,
donde aún puedo nombrarte
aunque el mundo enmudezca.
Si he de convertirme en estatua,
que mis manos no te olviden
y que mi sombra diga tu nombre
cuando la luz ya no alcance.
No prometo huida.
Prometo permanencia.
Porque no existe eternidad más amarga
que aquella que no te contiene.