Dicen que hay una estatua que no fue tallada por manos mortales, ubicada en la frontera de los Aerindhal, y Umbrari; elfos de sol y sombra, enemigos por naturaleza desde hace siglos. No representa a dioses ni a héroes, sino a dos amantes abrazados en el instante exacto en que el mundo decidió castigarlos. Se alzaban cubiertos de musgo y silencio, con el mármol agrietado apenas, como si algo dentro hubiera estado forcejeando. Se alzaban en angustia; con los cuerpos tensos, demasiado vivos para ser solo de piedra.
Dicen que nadie logra mirarla por mucho tiempo sin sentir que el pecho se estruja, que el corazón duele como si estuviera siendo apuñalado una y otra vez. Y es que el abrazo no es sereno ni mucho menos: los dedos se clavan, los brazos se aferran, y en los rostros hay una desesperación que ningún escultor sabría fingir. Ella parece estar sosteniéndolo contra sí, con la cabeza en alto y los labios apretados, ahogando el desespero; él refugiado contra su pecho, como si aún pudiera oír su corazón y aquello fuera lo único que lo mantuviera en pie.
El musgo crece lento sobre sus espaldas, pero nunca sobre sus rostros y la lluvia resbala por la piedra sin poder borrar la existencia de su dolor. Algunos juran que al tacto se mantiene tibio, sintiéndose incluso un ligero palpitar. No se sabe cuál es su antigüedad, tampoco sus nombres, pero todos repiten la misma sentencia: no se trata de una simple estatua.
La leyenda habla de un castigo interminable: dentro de la piedra, los amantes repiten el mismo día; el día del juicio, el día de la elección, el día en que pudieron soltarse y no lo hicieron.
Una Aerindhal y un Umbrari que decidieron amarse, incluso cuando eso significase dejar de existir. Luz y sombra entrelazados y condenados a la eternidad.
Eso es lo que se cuenta, pero la leyenda se queda corta y vaga. Nunca dice qué palabras se dijeron cuando el tiempo empezó a endurecerse, nunca dice cuántas veces intentaron escapar, nunca dice cuántas veces volvieron a elegir lo mismo. Y nadie escucha lo que sus voces todavía repiten, atrapadas en la oscuridad del mármol, mientras el mundo sigue avanzando sin ellos.
La conciencia volvió antes que el cuerpo.
Primero fue el peso, luego la oscuridad. Después, ese silencio espeso que no pertenecía a ningún lugar del mundo.
—... Solenne.
Allí estaba él, un Umbrari cuyo nombre era Maerwyn, con la voz temblorosa y los párpados pesados, recomponiéndose donde su cuerpo había quedado tendido. El suelo frío y húmedo le trepaba por la piel, azulada como la noche que lo había engendrado. Sus ojos, sin iris, devolvían la luz en reflejos pálidos, incapaces de ocultar el cansancio.
—Estoy —respondió la Aerindhal, cuya apariencia era más clara y luminosa, se mantenía firme y acostumbrada a la rutina —. Despertamos otra vez.
El recuerdo cayó sobre ellos como un golpe: la misma caverna, el mismo juramento inacabado, la misma amenaza suspendida en el aire. Afuera, el mundo seguía existiendo; dentro, el tiempo resultaba abstracto.
—¿Cuántas veces...? —susurró Maerwyn sin terminar la frase.
—No importa —dijo Solenne—. Esta es distinta.
Siempre decía lo mismo.
Y siempre Maerwyn decidía creerle.
Se incorporó con dificultad, apoyando las manos contra la piedra viva de la caverna. Ella le siguió, colocándose la armadura pesada de oro, grabada con símbolos solares y de linaje. No la necesitaba, pero le brindaba cierta fortaleza y seguridad a pesar de todo.
Maerwyn la observó en silencio mientras ajustaba las correas, como si ese gesto pudiera anclarla al mundo. Cada vez que lo hacía, él sentía lo mismo: una mezcla de alivio y terror. Alivio porque Solenne seguía allí; terror porque eso significaba que todo seguía allí. Pero él también la observaba con amor, aquél maldito amor que los había condenado en un principio.
Sus ojos se demoraron un poco, recorriéndola sin prisa, como si el mundo hubiera perdido urgencia.
—Te ves hermosa, Solenne —Al decirlo sonrió, y fue una sonrisa que no parecía destinada a nadie más.
Solenne se detuvo apenas un segundo. No sonrió, pero su expresión se suavizó, como si aquellas palabras fueran una grieta mínima en la armadura que llevaba dentro.
—No es momento para eso —respondió, ajustando el último broche—. Tenemos que movernos antes de que se nos acabe el tiempo.
Maerwyn asintió, aunque la sonrisa permaneció un poco más. Se puso de pie con torpeza, sacudiéndose el polvo de las túnicas oscuras.
—Esta vez podríamos ir hacia el norte —dijo, con cuidado—. Si alcanzamos el paso angosto antes del amanecer, quizá...
—Ya lo intentamos —interrumpió Solenne sin dureza, pero sin dudar.
El silencio volvió a caer entre ellos, pesado.
Maerwyn bajó la mirada, sus dedos se cerraron con fuerza, las uñas clavándose en la palma de su mano. Aquella incómoda sensación siempre llegaba, insuficiente, impotente. El peso de los días se había asentado sobre su espíritu.
—Entonces... hacia el bosque negro —insistió—. Es el lugar que nos queda por intentar.
Solenne lo miró por fin. En sus ojos dorados brilló algo que no era fe, pero tampoco resignación.
—Tal vez —dijo—. Si, podemos hacer eso. No te separes de mi.
—Ay Solenne, ¿Cuándo me he separado de ti? Antes prefiero convertirme en piedra.
Ella rodó los ojos, pero no pudo evitar que una carcajada se le escapara.
Salieron de la caverna juntos, como siempre. Afuera, la luz del alba teñía las rocas de un áureo pálido, idéntico al de cada reinicio. El aire olía a tierra mojada y amarathys, una flor violácea cuyo aroma era tan intenso, dulce e embriagador que resultaba sofocante. Pero lo interesante de ella no era ni su apariencia ni su perfume, sino la característica de que jamás pierde sus pétalos, no se marchita incluso aunque se la arranque con aspereza y el tallo se quiebre... la flor permanece intacta, suspendida en el tiempo.