No volver a abrazarlo fue lo más difícil.
No porque dejara de amarlo,
sino porque nunca dejé de hacerlo.
A veces aparecía sin avisar.
Yo estaba desprevenida, distraída en cualquier cosa,
y de pronto sentía sus brazos rodeándome por la espalda,
su beso suave en mi mejilla,
como si el mundo se detuviera solo para nosotros.
Cuando lo veía llegar, corría hacia él sin pensarlo.
Lo abrazaba fuerte, le daba un beso
y le decía con una sonrisa que me nacía del alma:
—¿Cómo te fue? ¿Cierto que bien? Yo sé que lo hiciste súper.
Él sonreía.
Y sus ojos…
sus ojos brillaban como estrellas que solo sabían mirarme a mí.
En ellos yo era importante.
En ellos yo era su niña, su lugar seguro, su verdad.
Siempre le decía la misma frase, como si al repetirla pudiera hacerla eterna:
“Tú y yo, para siempre.”
Y en ese momento lo creía con todo el corazón.
Con él me sentía protegida.
El tiempo se detenía cuando me abrazaba,
cuando me hablaba bajito,
cuando el mundo dejaba de importar porque yo estaba en su lugar favorito.
Pero el tiempo no se detiene para siempre.
Mucho después, cuando la vida ya nos había cambiado,
nos volvimos a ver en la calle.
Sentí miedo…
y felicidad al mismo tiempo.
Lo vi, y quise preguntarle cómo estaba,
cómo había sido su vida sin mí,
si alguna vez me había extrañado como yo lo hice cada día.
Pero de mi boca no salió nada.
Una sola mirada fue suficiente después de tanto tiempo.
Sin mirarlo, con la voz temblando, le dije:
—Sabes… te amo.
Y nunca te olvidaré, porque fuiste y serás lo más importante de mi vida.
Quise besarlo.
Quise abrazarlo como antes.
Quise volver a mi lugar seguro.
Pero sabía que tocarnos
podía volver a rompernos.
Y entendí que hay amores que no se terminan…
solo aprenden a quedarse en los recuerdos.