El amor no llegó de golpe.
Llegó despacio,
en miradas que duraban más de lo normal,
en silencios que no incomodaban
y en sonrisas que decían más que las palabras.
Él no era cariñoso con nadie.
Con nadie… excepto conmigo.
Con los demás era frío, distante,
como si el mundo no lograra tocarlo.
Pero conmigo era diferente.
Conmigo bajaba la guardia.
Conmigo se quedaba.
Me abrazaba como si quisiera protegerme de todo.
A veces, cuando menos lo esperaba,
me rodeaba por la espalda
y dejaba un beso suave en mi mejilla.
Yo cerraba los ojos
porque en ese instante el tiempo se detenía.
Recuerdo su primer detalle.
Un peluche de Stitch.
No era grande ni costoso,
pero fue el regalo más bonito que había recibido,
porque venía de él
y porque en sus ojos yo valía más que cualquier cosa.
Me escribía cartas.
Palabras que aún hoy podrían romperme el pecho
si las leyera otra vez.
En cada línea me recordaba que era su niña,
su princesa,
la única que lograba hacerlo sentir.
Y entonces llegó ese día.
Estábamos cerca,
demasiado cerca para seguir fingiendo.
Su mirada se detuvo en la mía
como si buscara permiso,
como si tuviera miedo de romper algo sagrado.
Mi corazón latía tan fuerte
que juré que él podía escucharlo.
No dijimos nada.
No hacía falta.
Se acercó despacio,
como si el mundo pudiera romperse si se movía rápido.
Y cuando sus labios tocaron los míos por primera vez,
todo cambió.
Fue un beso tímido,
inocente,
pero lleno de promesas.
Sentí que el alma se me llenaba de luz,
que por fin estaba exactamente donde debía estar.
Ese fue nuestro primer beso.
Y aunque el tiempo pasó
y la vida nos separó,
ese momento sigue intacto en mi memoria.
Porque hay besos
que no se olvidan nunca.