Después de ese beso, todo fue más intenso.
No porque el amor cambiara,
sino porque ya no teníamos miedo de sentirlo.
Éramos adolescentes creyendo que el mundo podía esperar.
Y, por un tiempo, esperó.
Él me cuidaba como si fuera algo frágil,
como si pudiera romperme con solo respirar cerca.
Me llamaba su princesa,
su niña chiquita,
y yo lo miraba como si fuera el amor de mi vida
sin saber que esa palabra pesaba tanto.
Me regalaba cartas escritas a mano,
de esas que se leen despacio
porque cada palabra importa.
Decía que conmigo se sentía en casa,
que yo lo entendía incluso cuando no hablaba,
que conmigo no tenía que ser fuerte.
Y yo le creía.
Porque cuando estaba triste,
una sola palabra suya bastaba para levantarme.
Porque sus abrazos eran mi lugar seguro.
Porque cuando me miraba,
lo hacía como si yo fuera un diamante único,
algo que no quería perder.
Con él, el tiempo se detenía.
Nada más importaba.
Ni los problemas, ni las dudas, ni el miedo.
Hablábamos de sueños.
De un futuro que parecía tan claro
cuando lo imaginábamos juntos.
Promesas dichas en voz baja,
como secretos que solo nosotros merecíamos conocer.
Yo le decía que siempre estaría ahí.
Él me prometía que nunca me soltaría.
Y en ese momento,
en ese pequeño mundo que construimos,
el para siempre parecía posible.
No sabíamos que el amor también puede doler
cuando se ama demasiado
y el mundo empieza a hablar más fuerte que el corazón.