Hubo un tiempo en el que creí que nada podía rompernos.
No porque fuéramos perfectos,
sino porque nos elegíamos incluso en los días difíciles.
Él sabía cuándo algo no estaba bien conmigo
sin que yo tuviera que decirlo.
Me miraba y entendía.
Siempre entendía.
A veces no hablábamos.
Solo me abrazaba fuerte
y apoyaba la frente en la mía,
como si así pudiera protegerme del mundo entero.
En esos momentos yo pensaba
que si algo malo existía,
no podría alcanzarme mientras estuviera con él.
Me cuidaba con detalles pequeños.
Mensajes a cualquier hora solo para saber cómo estaba.
Cartas escondidas entre mis cosas.
Palabras suaves cuando me sentía débil.
Yo era su refugio,
y él el mío.
Con los demás era distante,
duro incluso.
Pero conmigo se permitía sentir.
Reír.
Soñar.
Me decía que yo lo hacía mejor persona.
Que conmigo no tenía miedo de ser quien era.
Y yo, sin darme cuenta,
le entregué todo lo que tenía.
Había noches en las que hablábamos hasta quedarnos sin voz.
El silencio nunca era incómodo.
Era nuestro.
Yo le decía “tú y yo para siempre”
como si al repetirlo pudiera asegurar el futuro.
Él sonreía y me abrazaba,
como si también quisiera creerlo.
Éramos jóvenes.
Amábamos con intensidad.
Y no sabíamos que el amor,
cuando es tan grande,
también puede romper.
Porque antes del dolor,
siempre hay un momento de calma
en el que todo parece eterno.
Y ese fue nuestro momento