Pasé horas mirando la pantalla.
El teléfono pesaba más que nunca en mis manos.
Tenía mil cosas que decir
y ninguna forma correcta de decirlas.
Quería pedir perdón.
Quería explicar que el miedo me había ganado.
Quería decirle que yo no dudé de él,
sino del mundo que se metió entre nosotros.
Pero ya era tarde para explicaciones largas.
Cuando el amor se hiere,
las palabras llegan cansadas.
Escribí despacio.
Borré.
Volví a escribir.
Cada letra dolía.
No era una despedida definitiva,
pero tampoco era un “quédate”.
Era lo único que pude decir
sin romperme del todo.
Nunca dejaré de amarte.
Por más que lo intente, siempre estarás ahí,
porque fuiste y serás mi primer amor.
Lo envié sin respirar.
Como quien salta sin saber si hay suelo.
No hubo respuesta inmediata.
Y ese silencio
fue la confirmación más dolorosa.
Ese día entendí
que algunas despedidas no se dicen en voz alta,
se escriben con el corazón temblando
y se cargan para siempre.