Después de él,
todo se sintió distinto.
Las canciones dolían.
Las calles tenían recuerdos.
Los abrazos ya no eran refugio.
Aprendí a sonreír aunque me faltara algo.
A fingir que estaba bien
cuando en realidad extrañaba
a la única persona que me hacía sentir en casa.
Había días en los que creía haberlo superado.
Y otros en los que un recuerdo bastaba
para derrumbarlo todo.
Extrañaba su voz.
Sus palabras.
La forma en que me miraba
como si yo fuera lo más valioso que tenía.
Extrañaba ser su princesa.
Y que él fuera mi lugar seguro.
Con el tiempo entendí
que no todos los amores se quedan,
pero algunos te acompañan en silencio
toda la vida.
No volví a amar igual.
Porque el primer amor no se reemplaza,
se transforma.
Y aunque la herida cerró,
el amor nunca lo hizo del todo.
Porque hay historias
que no tienen final feliz,
pero sí un amor eterno
que aprende a vivir en los recuerdos.