No lo estaba buscando.
La vida simplemente decidió cruzarlo otra vez en mi camino.
Fue en la calle,
entre pasos ajenos y ruido que no importaba.
Lo vi antes de que él me viera,
y el corazón me traicionó
como si el tiempo no hubiera pasado.
Ahí estaba.
Distinto, pero igual.
Más grande, más serio…
pero con la misma presencia
que alguna vez fue mi hogar.
Sentí miedo.
Y felicidad.
Todo al mismo tiempo.
Quise huir.
Quise correr hacia él.
Quise fingir que ya no dolía.
No hice nada.
Cuando nuestras miradas se encontraron,
el mundo volvió a detenerse
como solía hacerlo cuando me abrazaba.
No sonrió.
Yo tampoco.
Había demasiadas palabras atrapadas entre nosotros.
Demasiados recuerdos.
Demasiado amor sin cerrar.
Quise preguntarle cómo estaba.
Si era feliz.
Si alguna vez me había extrañado
como yo lo había hecho cada día.
Pero de mi boca no salió nada.
El silencio habló por nosotros.
Di un paso,
respiré hondo
y sin mirarlo le dije,
como si así doliera menos:
—Sabes… te amo.
Y nunca te olvidaré,
porque fuiste y serás
lo más importante de mi vida.
No respondió.
Tal vez no hacía falta.
Quise abrazarlo.
Besarlo como antes.
Volver a mi lugar seguro.
Pero entendí
que tocarnos
podía volver a rompernos.
Así que me fui.
Y mientras caminaba,
supe que el amor seguía ahí,
intacto,
aunque ya no nos perteneciera.