No volvimos a intentarlo.
Y no porque no nos amáramos,
sino porque a veces el amor
no basta para salvarnos del daño.
Aprendí a amarlo desde lejos.
A quererlo sin buscarlo.
A llevarlo conmigo
sin pedirle que se quedara.
Él fue mi lugar seguro
en un momento de la vida
en el que todo era confuso.
Fue quien me enseñó
cómo se siente ser amada de verdad.
Y yo fui su refugio,
la que lo entendía sin palabras,
la que lo miraba
como si fuera suficiente.
No nos besamos otra vez.
No nos abrazamos.
No nos dijimos todo lo que quedó pendiente.
Pero el amor nunca se fue.
Se quedó en los recuerdos,
en las cartas,
en un peluche guardado,
en una frase que aún repito en silencio:
Tú y yo, para siempre.
Porque hay amores
que no están hechos para durar en el tiempo,
sino para quedarse en el alma.
Y aunque nuestras vidas siguieron caminos distintos,
siempre sabré
que una parte de mí
creció con él.
No fue un final feliz.
Pero fue real.
Y a veces,
eso es lo más bonito que puede tener una historia.