Nadie escuchó el primer grito.
No porque no existiera, sino porque en Asethara los gritos no eran importantes. Eran las señales. Eran los susurros de los dioses, las sombras que se alargaban más de lo debido, el temblor casi imperceptible de una llama cuando algo estaba a punto de romperse.
Y aquella noche… todo estaba rompiéndose.
El cuerpo apareció al amanecer, dispuesto como una ofrenda.
No había sangre derramada alrededor, ni señales de lucha. Solo silencio. Un silencio espeso, antinatural, que hizo que incluso los más devotos evitaran acercarse demasiado. El joven yacía sobre los escalones del templo, con las manos cruzadas sobre el pecho, como si alguien lo hubiera preparado con cuidado.
Como si su muerte hubiera sido… necesaria.
Pero no era eso lo que helaba la piel.
Era el símbolo.
Tallado con precisión sobre su piel, justo encima del corazón. Un signo antiguo, prohibido, uno que no pertenecía a los rituales aceptados. Uno que no debía ser recordado… y mucho menos utilizado.
Los sacerdotes lo reconocieron al instante.
Y aun así, ninguno se atrevió a nombrarlo.
Porque hacerlo sería admitir algo impensable:
Que alguien estaba desafiando a los dioses dentro de su propia ciudad.
El murmullo se extendió rápido. Primero como un rumor contenido, luego como miedo. Y el miedo, en una ciudad sagrada, siempre encontraba el camino hasta lo más alto.
Hasta ella.
Amara Iseth no necesitó ver el cuerpo para saber que algo iba mal.
Lo sintió.
En el aire demasiado quieto. En el incienso que no lograba cubrir el olor metálico que aún no estaba allí, pero que llegaría. En el peso invisible que se asentaba sobre sus hombros, como si el destino hubiera decidido mirarla directamente.
Otra prueba, susurraban los dioses.
Otra mentira, pensó ella… sin atreverse a decirlo.
Cuando finalmente descendió los escalones del santuario, todos se apartaron. No por respeto. No del todo. Había algo más en sus miradas. Expectativa. Necesidad.
Dependían de ella para interpretar lo incomprensible.
Para convertir el horror… en voluntad divina.
Amara se detuvo frente al cuerpo.
Y entonces lo vio.
El símbolo.
Su respiración se detuvo por un instante demasiado largo.
No.
Eso no era posible.
No después de tantos años.
No después de haber sido enterrado, prohibido, borrado de los textos sagrados y de la memoria de todos los que juraron obedecer.
Pero ahí estaba.
Más claro que nunca.
Más peligroso que nunca.
Y lo peor no era lo que significaba.
Lo peor… era a quién señalaba.
Un nombre cruzó su mente como una herida abierta.
Uno que no debía volver.
Uno que ella misma había condenado.
Amara cerró los ojos por un segundo, apenas un instante, como si pudiera escapar de la verdad si no la miraba de frente.
Pero cuando los abrió, ya no había dudas.
Esto no era un crimen.
Era un mensaje.
Y solo había una persona en toda Asethara capaz de enviarlo.
Kael Draven había regresado.
Y esta vez…
los dioses no estaban del lado de nadie.