Amazonas | Libro 2 | Saga Estaciones

Capítulo Treinta y cuatro

 

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El brazo me dolía por todo el trayecto que traje apoyado a Eliel. Debí haberlo soltado hace una hora, porque era evidente que ya no necesitaba ayuda para mantenerse de pie. Sin embargo, aquello habría aumentado las sospechas de Ian. Él ya se había dado cuenta de que algo pasaba, porque lentamente pasó de liderar el camino, a ir detrás de nosotros.

Ian era muchas cosas, entre ellas muy inteligente. Lo que me preocupaba, porque Eliel también lo era.

Sacudí levemente mi cabeza, un inútil intento por mantener el mareo a raya.

—En la mañana Eliel podría ayudarte con Carol —dije cuando noté que Ian se masajeaba un hombro y por otro lado Eliel me observaba como si quisiera tomarme en hombros y llevarme lejos. Nunca había notado esa intensidad en él y era desagradable, como en cualquier persona.

La habitación en la que estábamos era pequeña, por lo que todos me escucharon.

—No tengo problema —respondió. Apartó la mirada finalmente cuando Venecia le dijo algo.

Ian arrojó otro pedazo de tela a la pequeña llama que encendió en una esquina de la habitación. Me envió una mirada que me comunicaba que sabía que le había mentido cuándo me preguntó qué pasaba entre Eliel y yo y le respondí que solo eran diferencias que ya teníamos desde antes de que fuera exiliada.

Pareció que se iba a acercar a mí, pero cambió de opinión en último momento y mejor se aproximó a Carol, quien yacía acostada muy cerca del fuego. Acorté la distancia también, de todas formas, Ian me interrogaría en cualquier momento. Llegué a ellos cuando la presunta placebo expresaba su deseo por agua. A penas se escuchaba su voz. Parecía estar muy mal, aunque lo negara.

—Iré a buscar —dije mientras me erguía de nuevo. Todo a mi alrededor giró con brusquedad. Alcancé a apoyarme en la pared que tenía al frente, de otro modo, me habría ido de cara hacia ella. Pensé que me recuperaría rápido, como las otras veces, pero esta vez no pasó. Al mareo le acompañó la debilidad de cuerpo combinado por unas fuertes náuseas. Mi mano resbaló de la pared, y todo indicaba a que me golpearía de alguna forma; sin embargo, los brazos de Ian me envolvieron.

Me sentí en el aire unos segundos, pero luego me acostó en el suelo con gentileza. El mareo y las náuseas se negaban a irse mientras Ian me interrogaba. Colocó su mano en mi frente, comprobando mi temperatura. Yo no me sentía caliente; sin embargo, lo escuché decir que lo estaba. Optó por retirarme la chaqueta que traía. Mis brazos sintieron el frío del suelo de cemento.

—Eso no se ve bien —Escuché que decía Venecia. Abrí mis ojos para ver a lo que se refería. Vi cómo tres grupos de Eliels tenían sus manos en mi brazo. Lo empuje con suavidad para que la apartara. Quise levantarme, pero Ian no me dejó.

—¿Qué pasa? —Le pregunté a Ian, quien me miraba con preocupación. Yo no sabía a cuál Ian mirar, si al de la izquierda, al de la mitad o al de la derecha. Por todo el viento de Otoño, quería vomitar. Era más una urgencia que no debería detenerse, pero mi vanidad no me dejaba hacerlo. Cerré mis ojos de nuevo, a ver si ayudaba un poco.

Creo que me desmayé, pero la absoluta conciencia de que alguien me subía la blusa me devolvió los sentidos. Mi mente reaccionó así de rápido al asociar esta experiencia con la vez que Sean pasó sus manos por mi cuerpo fuera de la discoteca. Mi mano tomó la muñeca de Ian. Mis uñas se hundieron en su piel, pero no aflojé el agarre al ver que era él. Aparté sus manos.

—No. —le dije e intenté alejarme—. No me toques. —Escupí las palabras con mucho odio. Sabía que él no me haría daño, lo sabía, pero la forma de sus ojos se parecía tanto a los de Sean. Y ahora mismo no podía hacer la distinción. Era como mirar a Sean. Ver sus ojos llevó a mi mente a traer todo recuerdo relacionado a Sean y…

—Laia, él solo intentaba… —Intervino Venecia, pero le di un manotazo cuando trató de tomar mi muñeca. No sabía en qué momento me había sentado, pero me fue un poco más fácil ponerme de pie y alejarme de ellos. Tropecé porque vi el suelo un poco más arriba de donde realmente estaba. Caí de rodillas.

Enseguida alguien me puso de pie. Me tomó de los brazos y me sacudió. Lo vi a través de las lágrimas.

—Reacciona —pidió Eliel. Sus ojos se endurecieron y susurró las palabras—. ¿Quieres morir?

Me dolió el pecho cuando mi corazón, que latía rapidísimo, se detuvo de repente. Por un momento no me pude mover. Solo podía verlo mientras las lágrimas que llenaban mis ojos caían. Comencé a balbucear, para mí lo que decía tenía sentido, aunque para el resto de la habitación no. Fueron unos segundos de control hasta que ya no pude contenerlo más. Lo empujé y dejé salir todo. Mi estómago me dolía con cada arcada, y más lágrimas salían. Cuando Eliel intentó acercarse, lo alejé de un grito.




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