Amazonas | Libro 2 | Saga Estaciones

Capítulo Treinta y cinco

 

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Venecia

Sentía las lágrimas secas en mis mejillas. Tal vez había un poco de sangre y arena que complementaban el desastre en mi rostro. Sentía el cuerpo sucio y pesado. El mareo y nauseas no ayudaba.

Sabía que salir de Primavera era un error y aquí estaba, rumbo a quién sabe dónde. Sin contar todas las muertes que tuve que presenciar. Gracias por las pesadillas.

Desperdicié horas en revisar cada rincón en busca de algo para defenderme en el caso de que tenga que hacerlo. Nada, ni un méndigo clavo suelto. Incluso la comida me la daban en bolsas, listas para comer sin necesidad de alguna cuchara o tenedor. Todo me lo daban en forma de bollos y el agua en un vaso de plástico ligero muy delgado. No me servían de nada.

Observé la pared. Trozos de las primeras tres raciones de comida que me habían dado seguían pegadas en la pared de metal. No hubo una cuarta, porque el hambre venció al orgullo. Por lo menos logré que alguien más viniera a limpiar, porque ni loca iba a mover un dedo para hacerlo por mí misma. Ya había limpiado suficiente durante toda mi vida.

Me quedé dormida después de pelearme de nuevo con todo lo que había en la habitación. Cada cosa que golpeé no disminuyó el dolor por todas las pérdidas, por la pérdida de mi hermano. Desperté y la misma pregunta se repetía en mi mente: ¿seguiría viva para mañana? Miraba al techo como si tuviera la respuesta.

La puerta se abrió, pero no me molesté en mirar quién era. Siempre era el mismo sujeto. El tipo alto que le salvó la vida en la playa.

—Levantar —dijo el hombre. Ya dejó de molestarme que no hablara bien el español.

—No quiero —le respondí. No había pasado por todo lo que pasé solo para seguir obedeciendo. Ya no aceptaría eso, había acabado con la Venecia intemperie. La muerte de mi hermano marco el antes y el después.

—Levantar —repitió, pero estaba vez con un deje más molesto.

—Ándate a la mierda —gruñí. Se dirigió hacia mí furioso. Me tomó del brazo y me elevó de un solo jalón. Vaya que era fuerte. La mirada que me daba era de clara advertencia—. Que te vayas a la mierda —le escupí en la cara.

Si iba a morir, iba a decir y hacer todo lo que quise siempre. Mandar a la mierda a todos y no recibir órdenes de nadie más.

El tipo me puso sobre mis pies y comenzamos a avanzar por los pasillos. Cuando me resistía, él me empujaba. Al menos no lo hacía tan fuerte como mi vigilante del primer día. Nos detuvimos frente a una puerta custodiada por varias personas. Mucha gente para tratarse de alguien poco importante.

—¿Qué pasa? —pregunté. El señor de bata blanca, el de lentes que hablaba un poco mejor el español, me miró.

—Myers despertó —dijo, pronunciando la última palabra con un acento excesivo en per. Sonó más nervioso de lo usual. Ya era normal que su voz temblara al hablar, pero hoy estaba peor.

—¿Y? ¿Se volvió loca? —cuestioné. Estos tipos no sabían nada del comportamiento humano. Era algo normal que estuviera así después de todo lo que perdió en esa playa. A mí me costaba mantenerme bajo control y solo perdí a mi hermano—. ¿Por qué estoy aquí?

—Ella no estar bien —dijo de nuevo el médico—. No recuerdar mucho.

—¿Y a mí qué? ¿Qué quieren que haga? Déjenla sola, que viva su dolor como quiera. Que rompa lo que crea necesario. —Me di la vuelta, encontrándome con mi vigilante—. Llévame de vuelta.

El hombre comenzó a hablar, era una mezcla entre un mal español y su idioma. No me dieron mucha opción. Fui prácticamente empujada a la habitación. Dejaron la puerta abierta.

Ahí estaba, Laia. Estaba sentada sobre la cama poco cómoda. A penas me vio, el reconocimiento brilló en sus ojos. Se puso de pie demasiado rápido. La chica que se llama Andrea, con quién apenas crucé palabra en la playa, la ayudó a que no se cayera.

—Venecia, por el invierno. Al fin una cara conocida —dijo con alivio. Miré a Andrea, porque se supone que a ella también la conocía. Por lo que entendí, eran hermanas debido a ciertas circunstancias. La chica que envío una mirada resignada. Negó con la cabeza—. ¿Me quieres explicar qué pasa? —Su voz se escuchaba como la Laia de antes, lo que era extraño, porque su tono había cambiado desde su tiempo en el exilio.

Me la quedé viendo, tratando de comprender qué pasaba. Su palidez era preocupante, pero sus expresiones no se veían como la última vez que la vi. De repente, recuperó el habitual aire despreocupado y de superioridad que la caracterizaba. Ya no tenía el ceño fruncido ni la mirada dura, como si hubiera pasado por el peor de los horrores y sobrevivió a ello.

—¿Venecia? —preguntó de nuevo al no conseguir mi respuesta—. Veo que me lastimé, pero no sé cómo. Podría ser… —Paró de hablar. Sacudió su cabeza—. ¿Eliel está bien? ¿Está en problemas?




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