Stanford, California.
Llegó con pasos lentos hasta la cafetería de su universidad y después de ocupar una mesa totalmente vacía, la cual por cierto había sido diseñada para albergar una cantidad de seis personas, destapó su jugo de naranja y bebió de él. En los audífonos de sus oídos se volvía a repetir esa misma canción que tanto adoraba, aquella que su mejor amigo le había hecho escuchar y que ahora encabezaba todas sus canciones favoritas.
La voz de Axl Rose llenó sus oídos con Sweet Child of Mine.
—¡Amelia! —una voz bastante aguda la sacó del video musical que comenzaba a reproducirse en su cabeza.
Como detestaba que la llamaran así.
—¿Qué sucede, Diane?
La joven de nombre Diane Smith subió su enorme trasero cubierto por una falda guinda sobre la mesa y esperó a que Amelia Langford se quitara los audífonos. Después de mirar un par de segundos sus propias uñas esmaltadas de verde, dijo:
—Llevo gritándote desde que saliste de la clase de sociología, pero claro, cómo me ibas a escuchar cuando llevas estas espantosas cosas encima.
Amelia estiró el brazo y le arrebató los audífonos que ella había tomado.
—¿Qué se te ofrece? —le preguntó.
—¿Ya viste la convocatoria?
—¿Qué convocatoria?
—Amelia, me ofende tanta ignorancia. ¿Recuerdas el anuncio en el que se buscaban porristas?
—Te recuerdo que concursé y casi termino con un brazo roto.
—Bueno, ahora están buscando a la siguiente candidata para convertirse en el rostro oficial de los volantes promocionales. La universidad tiene que promocionar las carreras, y estaba pensando que tú podrías representar a la facultad de derecho. Nuestra facultad de derecho.
—¿Hablas de…? —los ojos de Amelia brillaron, y es que cómo no hacerlo si tenía el universo pintado en ellos.
—Convertirte en la modelo oficial de la campaña. Sueñas con ser modelo, ¿no? ¿Qué esperas para perseguir ese sueño?
—¡Oh, no puedo creerlo! Diane, eso es una excelente noticia.
—¿Irás a inscribirte?
—Sí, pero primero necesito contárselo a alguien.
Diane entornó los ojos.
—¿No estarás pensando en correr a los brazos de ese chico ordinario…? ¿Cuál era su nombre?
Amelia le lanzó una mirada de advertencia.
—Se llama Gregory Anniston. Y no, no es ni ordinario ni ningún otro calificativo que comúnmente utilizas para referirte a él. Está en nuestra clase y ni siquiera recuerdas su nombre.
—No es como nosotros, Amelia.
Amelia frunció los labios, en su interior la frase que rezaba: quizá por eso me agrada más que ustedes, estaba a punto de aflorar del interior de su garganta, pero al final decidió mantenerse callada. Diane le había informado sobre la convocatoria y aunque esta podía ser bastante cruel con lo que respectaba a Gregory, en el fondo le agradecía por el aviso.
No dijo nada, recogió su bandeja de comida y desechó todo lo que había en ella en el cesto de basura para después dejarla con los encargados de lavado. Finalmente salió corriendo. Sabía a dónde quería ir, sabía que él estaría esperándola y se alegraría tanto como ella al saber la noticia.
—¡Greg! —sus tenis casi derrapan en el césped recién cortado. Qué bueno que aquella mañana se decidió poner unos hermosos pantalones acampanados y un top blanco sin tirantes.
—¿Qué pasa? —Gregory Anniston se le quedó mirando, apartó su jugo de naranja de sus labios y le prestó total atención.
Adoraba verla; su cabello negro que se le pegaba en la cara, las facciones finísimas de una reina y los pequeños barritos de su frente que tanto luchaba por eliminar.
Amelia y Gregory se habían conocido el primer año que la carrera inició, cuando Amelia silenció las burlas de sus amigas y después le invitó un helado. Gregory era un joven de Boston que aparte de venir de una clase económicamente baja, era becado. Carroña viva para los pedantes y engreídos de una universidad privada.
—¿Te enteraste de la convocatoria?
—¿Qué convocatoria?
—Están buscando a una modelo para la propaganda de la facultad. ¡Yo quiero ser esa modelo!
—¿Y por qué has venido corriendo hasta mí? Vayamos ya mismo a registrarte —Gregory se sacudió los pantalones de mezclilla, se echó al hombro su vieja mochila y comenzó a seguirla. La seguiría hasta el fin del mundo si era necesario.
—Estoy tan emocionada —la joven se agarró del brazo de él y caminó a su lado. En ese entonces era tan pequeñita que a duras penas le llegaría al hombro—. No sabes las ganas que tengo de llegar a casa y enviarle una carta a Christopher.
Pero entonces la sonrisa de Gregory desapareció. Ese nombre, ese maldito nombre que estaba otra vez entre ellos. Detestaba a Christopher Miller como no tienen idea. Y no, no porque Christopher le hubiese hecho algo malo o algún desprecio. De hecho, Christopher ni siquiera se daba por enterado cuando por alguna razón sus caminos se llegaban a cruzar. Simplemente era porque, al parecer, su nombre era la palabra favorita de Amelia.
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Editado: 01.01.2026