Amelia Langford es una galaxia

Cap. 1. Corazón de oro

Boston, Massachusetts.

—Te dejé algunos fideos dentro de la nevera.

—Demonios, siempre preocupándote por mí.

—Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?

Una tierna sonrisa se formó en su rostro.

—Muchas gracias, los recogeré en cuanto llegue a casa. ¿Tú vas a tardar mucho?

—No lo creo, si puedo llegaré antes, todo dependerá de cuánto trabajo haya en el hospital.

—Está bien, te veo más tarde. Ten cuidado.

—Tú también, esta horrible lluvia ha dejado la carretera como una pista de hielo. Además, no me gustaría tenerte aquí en calidad de herido. Por ahí escuché lo llorón que te pones cuando alguien intenta ponerte una inyección.

—Oye, es horrible eso de las agujas y el líquido penetrando tu cuerpo.

—Cómo puedes decir eso cuando tienes un tatuaje. ¿Con qué crees que fue hecho?

—Oh, Joss, créeme, para nada es lo mismo.

La mujer al otro lado soltó una fuerte carcajada.

—Extrañamente muchos hombres dicen eso.

—Extrañamente yo soy uno de ellos.

—Ten cuidado cuando regreses a casa —le repitió.

—Lo tendré. Te veo pronto —Gregory cortó la llamada, guardó su celular en el bolsillo de su saco y después se apoyó contra el respaldo de su silla. Afuera, la suave llovizna se había convertido en un fuerte diluvio. Greg suspiró y cerró sus ojos, pero apenas estos volvieron a abrirse, recayeron sobre la gruesa carpeta de documentos que se hallaba sobre el escritorio. ¿De verdad estaba haciendo lo correcto, o solo se trataba de su miedo quien hablaba por él?

De pronto, la puerta de su oficina se abrió y un hombre alto y rubio, rugió:

—¿Qué demonios hiciste?

—No tengo ganas de hablar sobre eso, Edgar —Gregory frunció los labios.

—¿Le vendiste el proyecto a Pirman? ¿De verdad lo hiciste? ¿Cuánto te ofreció?

—Si te lo digo, ¿me dejarás en paz?

—Habla ya.

—Un millón.

—¿Un... millón? ¿Eso vale tu proyecto? ¿Un miserable millón?

—Un millón es un millón.

—¿Te volviste loco, Gregory? Yo lo leí todo; ese proyecto está tan bien planificado y detallado que si decidieras llevarlo a cabo hoy mismo, podrías levantar una firma mucho más grande y productiva que esta. ¿Por qué crees que Pirman está tan obsesionado por comprarte el proyecto?

—Escucha, es solo una fantasía. Yo lo diseñé y todo, pero no hay ninguna certeza que si decido emprenderlo vaya a tener éxito.

—Gregory, estás subestimando tus capacidades al grado de ofenderme y ofenderte a ti mismo. Míranos, este lugar no tarda en irse al carajo, y todo porque Pirman ha preferido engordar sus bolsillos, a dar un servicio de calidad.

—Entonces por qué no renuncias.

—Si no hubiese firmado un contrato, ya lo hubiese hecho. Pero una cosa sí te digo, apenas mi contrato termine, yo me largaré de este sitio. Prefiero que me llamen carero por dar un servicio de calidad, a jugar con la confianza de los clientes.

Gregory miró a su compañero. Él y Edgar se habían conocido en la universidad de Stanford, pero al concluir sus estudios cada uno comenzó a realizar su propio camino; no obstante, el destino volvería a juntarlos un par de años más tarde. Cuando Gregory firmó con la Firma de Abogados Pirman, Edgar ya estaba laborando ahí. El reencontrarse significó un enorme gusto para ambos, gusto que ahora se estaba poniendo en duda.

—¿Sabes qué? Creo que al final de cuentas, me equivoqué.

—Sobre...

—Sobre ti

Greg entrecerró los ojos.

—¿Es eso? —le preguntó—. ¿Es por eso tanta queja? ¿Hubieras preferido que te vendiera el proyecto a ti en lugar de vendérselo a Pirman?

—¿Qué? No, por supuesto que no.

—Entonces para qué tanto interés.

—Porque nadie va a saber construir ese proyecto tan bien como tú. Tú eres el único que puede levantarlo y aprovechar su potencial. Nadie puede conocer mejor tu sueño más que tú. Pero si venderlo por un millón de dólares que tarde o temprano te terminarás gastando te deja satisfecho, entonces es asunto tuyo. Yo solo vine a recalcarte el gran error que acabas de cometer.

Gregory se mordió la lengua para no responder. De pronto, sintió deseos de decirle a Edgar que su jefe Pirman le rogó que se lo vendiera, que incluso le dobló la oferta y le prometió ciertos beneficios, pero que al final él le respondió que lo pensaría.

Edgar salió de la oficina, ignorando la existencia de una carpeta sobre el escritorio que llevaba como título: Abogados Aniston G.

Greg miró al techo, llevaba horas tratando de convencerse que, iniciar un proyecto tan grande y ambicioso como el que había diseñado, era una completa locura. Finalmente y tras cerrar las persianas de la ventana, cogió su gabardina oscura y salió de su oficina. Sabía que en cuanto abandonara el edificio, el viento gélido de la calle le congelaría hasta los huesos, pero al menos el paraguas negro que llevaba consigo lo mantendría impermeabilizado de las constantes gotas.




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